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Un zapatero con alas…

CUANDO el imán vio a Nasrudín con sus babuchas desgastadas y medio rotas, le dio unas palmaditas amablemente en el brazo:

—No desesperes, mulá. El Corán nos dice que quien está en necesidad en este mundo será recompensado en el Paraíso. Tus zapatos pueden estar ahora gastados y con agujeros, pero llevarás los mejores en el cielo.

—En ese caso —contestó Nasrudín—, sin duda en el cielo seré zapatero.

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Photo Credit: . SantiMB . via Compfight cc

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Tahar y el perfume…

Un buen día, al salir de su trabajo, una perfumería despertó su curiosidad y entró en el establecimiento. Asombrado por todas estas fragancias desconocidas, aspiró profundamente para captarlas mejor, pero su cuerpo se puso rígido y perdió el conocimiento en el acto.

Trataron de reanimarle sin éxito. Le hicieron respirar sales, le dieron cachetitos en las mejillas, le rociaron con agua, pero todo fue en vano. Tahar seguía inconsciente.

Avisado, su padre se fue a toda prisa hacia la perfumería, provisto de una cajita de excrementos. Una vez allí, se acercó a Tahar y abrió la caja ante su nariz. Algunas segundos más tarde, éste se despertó, asombrado de encontrarse en una situación semejante.

Maestro: el proceso del crecimiento interior y del florecimiento de nuestro ser esencial necesita tiempo y insistencia. Por mucho que nos gustaría no pasaremos – como en este cuento – directamente de la alcantarilla a la perfumería de nuestro ser.

Cuento del maestro Sufi Rumi

FUENTE: Contarcuentos

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Photo Credit: Professor Bop via Compfight cc

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Las tres conferencias…

Nasrudín llegó a un pequeño pueblo en algún lugar de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía qué decir, se propuso improvisar algo. Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

– Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán qué es lo que yo tengo para decirles.

   La gente dijo:

– No. ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!

Nasrudín contestó:

– Si ustedes han venido hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue. La gente se quedó sorprendida. Todos habían ido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Pero uno de los presentes dijo en voz alta:

– ¡Qué inteligente!

Y en seguida otro dijo:

– ¡Qué inteligente!

   Y entonces, todos empezaron a repetir:

– ¡Qué inteligente! ¡Qué inteligente!

Hasta que otro añadió:

– Sí, inteligente, pero breve.

Y otro agregó:

– Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo venimos aquí sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia. Nasrudín dijo:

– No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

– ¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, más la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia. Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia del día anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió en su técnica:

– Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidar de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia, así que todos dijeron:

– Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudín bajó la cabeza y añadió:

– Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir. La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien dijo:

– ¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:

– ¡Sí, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! ¡Qué maravilloso! ¡Qué espectacular! ¡Qué sensacional!

Hasta que alguien dijo:

– Sí, pero muy breve.

– Es cierto –se quejó otro.

Y enseguida se oyó:

– Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos dé más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad. La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenitores, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia. Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:

– Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido yo a decirles.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

– Algunos sí y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada. Entonces, el maestro respondió:

– En ese caso, los que saben cuéntenles a los que no saben. Se levantó y se fue.

   Está claro… si estás abierto a recibir, siempre podrás encontrar una enseñanza e irte con más de lo que trajiste.

FUENTE: PSINERGIA

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Photo Credit: *_* via Compfight cc

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La tintorería…

Cuando Nasrudin tenía una tintorería, vino un
cliente que le dijo:

– ¿Podrías teñirme este
vestido?

– ¿De qué color lo
quieres?

– Ah, nada complicado,
pero que no sea ni rojo, ni verde, ni blanco, ni negro, ni
amarillo, ni lila. Bien, ya me entiendes, no querría ningún color
conocido, pero fuera de esto, nada especial. ¿Me lo puedes
hacer?

– ¡Claro que si, hombre!
Pasa a recogerlo cuando quieras, pero que no sea ni lunes, ni
martes, tampoco
miércoles,
ni jueves y menos viernes. ¡Ah! Y el
sábado y domingo
esta cerrado. Fuera de esto, ya lo sabes, siempre y cuando
quieras.

FUENTE: PSINERGIA

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Credit: guillermogg via Compfight cc

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Picar para curar…

Había una vez dos personajes en la ciudad de Bistam que se aborrecían mutuamente debido a una vieja rivalidad. Ambos, casualmente, querían estudiar los secretos del orígen y el destino del hombre con el renombrado sabio Alí Beg, cuyo domicilio estaba en un lugar lejano de Persia.

Pero Alí, antes de verlos, escribió a otro sabio, Ibn Hamza, que vivía cerca de Bistam, y le pidió que hablase con ellos en su nombre. Pero ambos rehusaron visitar a Ibn Hamza.

El primer personaje dijo:
– Yo quiero la raíz, no la rama.

El segundo dijo:
– Ibn Hamza es un don nadie.

Entonces Ibn Hamza comenzó a esparcir rumores insultantes acerca de los dos postulantes a iluminados. Después de algunos meses, escuchando cuentos venenosos acerca de ellos por todas partes y habiéndolos seguido hasta su origen en Ibn Hamza, los dos arístocratas se sintieron ambos atacados, se reconciliaron y, unidos en su ira contra Ibn Hamza, fueron a verle llenos de furia. Descargaron su cólera en Ibn Hamza, olvidando completamente todos los consejos de sabiduría que habían escuchado a lo largo de sus vidas.

– ¿Sabes por qué hemos venido a verte, mísero despreciable? – gritaron tan pronto llegaron a la presencia de Ibn Hamza.

– Sí, lo sé – contestó Ibn Hamza -, habéis venido:

Primero, porque Alí Beg quería demostraros lo superficiales que eran vuestros “profundos” sentimientos de enemistad mutua.

Segundo, porque era necesario que mostraseis que vuestros sentimientos superficiales podían ser manipulados fácilmente para haceros venir aquí, a pesar de que individualmente al principio habíais decidido no hacerlo.

Tercero, porque, aunque desobedientes a las órdenes de Alí Beg, se os podía demostrar que ciertos deseos deben ser llevados a cabo.

Cuarto, estáis aquí de modo que otras personas presentes en este momento puedan aprender, y vosotros podáis ser sus maestros inconscientes en esta transacción.

Quinto, porque ambos, Alí Beg y yo, teníamos la necesidad de mostrar a la ingrata población local, saturada de suspicacias y deleitada en esparcir rumores tales como los que yo inicié acerca de vosotros dos, que nosotros, hombres de corazón, no somos sus víctimas inevitables, sino que también sabemos emplear sus acciones dañinas contra su misma malicia.

Sexto, vosotros estáis aquí porque, como consecuencia de los anteriores acontecimientos, hechos y explicaciones, existe la posibilidad de transformar una picadura en remedio, y un arma en un instrumento valioso.

Cuento Sufi del libro “El buscador de la verdad” de Idries Shah.

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FUENTE: SLOYOU

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Yo estoy aquí por ti y tú por mi…

Nasrudín, caminaba tranquilamente por el campo un día soleado. Mientras miraba el paisaje observó que delante de él, otra persona también caminaba en la misma dirección.

En cierto momento, esa persona miró hacia atrás y vió a Nasrudín a cierta distancia. Entonces pensó: seguramente es un atracador y está esperando la oportunidad para quitármelo todo. En ese momento, empezó a correr despavorido.

Nasrudín que lo observaba desde atrás con atención, al verlo correr de esa forma, pensó: seguramente le ha pasado algo y necesita ayuda, y entonces él también empezó a correr a toda velocidad. De esta forma, los dos corrían por el campo uno tras otro. El primer hombre ya no podía más y en su debilidad tropezó con una piedra, rodó por el suelo y quedó medio atrapado entre unos matorrales; se quedó allí quieto y agazapado con la esperanza de que Nasrudín no le viera cuando pasara. Pero, Nasrudín tropezó justo en la misma piedra, rodó igualmente y fue a parar justo encima del hombre. Éste gritaba:

Por favor no me hagas nada.

Nasrudín quedó sorprendido, se quedó mirando a la otra persona y dijo:

¿Sabes qué? Creo que tú estás aquí por mí y yo estoy aquí por ti.

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FUENTE: Psinergia

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El fin del mundo…

Una de las preguntas que intriga a todo el mundo y todas las civilizaciones es de cuándo y cómo llegará el fin del mundo. Este cuento sufí nos señala la relatividad de las cosas.

Alquien preguntó a un maestro sufí:
– Sheik, ¿Cuándo llegará el fin del mundo?
– ¿Cuál fin del mundo? – contestó
– ¿Qué quieres decir? ¿Cuántos fines del mundo habrá?
– Dos – dijo el maestro – : el primero será cuando muera mi esposa.
– El segundo será cuando yo muera.

El fin del mundo nos llega cuando se termina lo que consideramos nuestro mundo personal.

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FUENTE: SLOYOU

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Buscar en lugar equivocado…

 Un vecino encontró a Nasruddin cuando éste andaba buscando algo de rodillas. «¿Qué andas buscando, Mullab?».

«Mi llave. La he perdido».

Y arrodillados los dos, se pusieron a buscar la llave perdida. Al cabo de un rato dijo el vecino: «¿Dónde la perdiste?». «En casa».

«¡Santo Dios! Y entonces, ¿por qué la buscas aquí?».

«Porque aquí hay más luz».

¿De qué vale buscar a Dios en lugares santos si donde lo has perdido ha sido en tu corazón?

Anthony de Mello

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El patito…

El santón sufi Shams-e Tabrizi cuenta acerca de sí mismo la siguiente historia:

Desde que era niño se me ha considerado un inadaptado. Nadie parecía entenderme.

Mi propio padre me dijo en cierta ocasión: “No estás lo suficientemente loco como para encerrarte en un manicomio ni eres lo bastante introvertido como para meterte en un monasterio. No sé qué hacer contigo”.

Yo le respondí: “Una vez pusieron un huevo de pata a que lo incubara una gallina. Cuando rompió el cascarón, el patito se pasó a caminar junto a la gallina madre, hasta que llegaron a un estanque. El patito se fue derecho al agua, mientras la gallina se quedaba en la orilla cloqueando angustiadamente. Pues bien, querido padre, yo me he metido en el océano y he encontrado en él mi hogar. Pero tú no puedes echarme la culpa de haberte quedado en la orilla”.

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FUENTE: PSINERGIA

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??De d??nde vengo? ??A d??nde voy?…

Venimos de la nada … y nos unimos al morir nuevamente a la nada (que a la vez es el todo – algunos prefieren llamarlo Dios). Somos un puntito minúsculo de luz y energia. Esta realidad es muy dura de aceptar y requiere mucha humildad y el desapego absoluto que únicamente está al alcance de los que liberan su mente.

La mayoría de nosotros perdemos el tiempo y negamos a desarollar nuestra auténtica identidad. Nos acomodamos identificándonos con nuestro cuerpo, con nuestras propiedades, con nuestros conocimientos, con nuestras actividades, con nuestra religión, con nuestros títulos y un sinfin de otros conceptos y historias. Nos damos mucha importancia. A nuestro ego nos gusta ser el mejor y destacar de los demás. Mientras tanto vivimos de espaldas a nuestra propia identidad y evitamos las siguientes preguntas:

¿De dónde vengo?
¿Qué hago yo en esta vida?
¿Cómo me puedo hacer útil? ¿Cúal es el propósito de mi vida?
¿A dónde voy al morir?

El ermitaño – cuento Sufi

En la corte real tuvo lugar un fastuoso banquete. Todo se había dispuesto de tal manera que cada persona se sentaba a la mesa de acuerdo con su rango. Todavía no había llegado el monarca al banquete, cuando apareció un ermitaño muy pobremente vestido y al que todos tomaron por un pordiosero. Sin vacilar un instante, el ermitaño se sentó en el lugar de mayor importancia. Este insólito comportamiento indignó al primer ministro, quien, ásperamente, le preguntó:

– ¿Acaso eres un visir?
– Mi rango es superior al de visir -repuso el ermitaño.
– ¿Acaso eres un primer ministro?
– Mi rango es superior al de primer ministro.

Enfurecido, el primer ministro inquirió:
– ¿Acaso eres el mismo rey?
– Mi rango es superior al del rey.
– ¿Acaso eres Dios? -preguntó mordazmente el primer ministro.
– Mi rango es superior al de Dios. Fuera de sí, el primer ministro vociferó:
– ¡Nada es superior a Dios!

Y el ermitaño dijo con mucha calma:
– Ahora sabes mi identidad. Esa nada soy yo.

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FUENTE: SLOYOU

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