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El poder de la compasión…

En medio de una descomunal extensión de terreno se levantaba una apabullante muralla. Cuatro personas decidieron descubrir lo que había detrás de aquella colosal muralla. Se dirigieron hacia la misma.

Una de las personas se puso a escalarla, llegó a la parte alta de la misma y sin siquiera volver la cabeza para mirar a sus compañeros, saltó presta al otro lado. Del mismo modo procedió la segunda persona y con la misma actitud la tercera.
Le tocó el turno a la cuarta persona. Con muchas dificultades escaló la muralla y alcanzó por fin la parte alta de la misma. Miró. ¡Oh maravilla de maravillas! Tras la muralla aparecía el más bello, atractivo y reconfortante jardín que jamás uno pudiera imaginar.
Su primer impulso ante tanta hermosura fue lanzarse sin demora hacia ese vergel incomparable, pero pensó en los demás. Se merecían saber lo que había detrás de la muralla y también aprender a escalarla para acceder al jardín de ensueño.
La cuarta persona se quedó fuera del maravilloso recinto para describírselo a los demás, aleccionarles adecuadamente y ayudarles a que pudieran escalar la muralla y pasar al otro lado.

 

REFLEXION:

La compasión tiene una fragancia única. La compasión eleva la consciencia y permuta el alma. Es cualidad de cualidades y nos humaniza y enternece. Nos permite no solo ver las necesidades ajenas, sino también atenderlas. Mediante ella nos identificamos con el sufrimiento de los otros y tratamos de aliviarlo; mediante ella evitamos infringir daño a cualquier criatura sintiente. Si algo necesita este mundo es compasión; si algo puede cambiar este mundo es la compasión.

 

La compasión nos permite identificarnos con el sufrimiento de las otras criaturas, nos abre el corazón, nos da gran poder para poner los medios que procuren felicidad y eviten sufrimiento.
Si reinase la compasión, cambiaría la faz del mundo y este planeta tendría mucho de paraíso y no sería como reza un antiguo adagio “el manicomio de los otros planetas“. La compasión acerca, abre puertas, permite que sintamos a los demás como nosotros mismos y nos ayuda a comprender aquello de “si te hiero, me hiero“.

 

Por mucho que una persona brille con la mente, si no hay ternura y amor en su compasión, su vida es un fracaso. Buda declaraba: “Dieciséis veces más importante que la luz de la luna, es la luz del sol; dieciséis veces más importante que la luz de la mente, es la luz del corazón“.
Un ser humano puede tenerlo todo, pero si no tiene compasión, no tiene nada.

 

Ramiro Calle

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Vaso lleno no suena…

Era un maestro cuya enseñanza hacía hincapié en la necesidad de percibir el vacío primordial y la transitoriedad. Instaba a sus discípulos a que se vaciaron de todo y percibieran el sustrato sin formas de todo lo existente, la energía que todo lo anima. Pero tanto enfatizaba en este aspecto de la enseñanza que un día varios discípulos le dijeron:

-Maestro, no es que cuestionemos tus enseñanzas, pero ¿no pones demasiado énfasis en la doctrina del vacío?

El maestro sonrió y dijo:

-Al atardecer quiero veros a todos aquí con un vaso de agua.

Declinaba el día. Los discípulos se reunieron con el mentor, cada uno de ellos llevando su respectivo vaso de agua. El maestro dijo:

– Golpead los vasos con cualquier objeto y hacedlos sonar. Quiero oir la música de vuestros vasos.

Así lo hicieron sus discípulos, pero el sonido era muy pobre y apagado.

Entonces el maestro añadió:

– Vaciad los vasos y repetid la operación.

Los discípulos arrojaron el agua de los vasos y comenzaron a hacerlos sonar. Ahora el sonido era muy vivo.

El maestro dijo:

– Vaso lleno no suena.

Al instante, los discípulos, comprendieron, y el maestro les sonrió satisfecho.

REFLEXIÓN:

En un recipiente lleno, no cabe nada más; si algo no se suelta, nada puede llegar.

Cuando estamos atiborrados de “trastos” intelectuales y anímicos no queda espacio para percibir la realidad subyacente y nos quedamos atrapados en nuestra propia tela de araña de opiniones, prejuicios, creencias e información. Así uno se estanca y el aprendizaje existencial se detiene. Uno se aferra a los trastos viejos y desordenados y no sabe ver detrás de las apariencias o de las propia pautas, viejos patrones, complejos y frustraciones. Al aferrarse uno a lo viejo, no damos entrada a lo nuevo.

La mente agoniza en sus propios condicionamientos y límites. Detrás de las nubes, se esconde el firmamento ilimitado. Cuando la mente se vacía, se manifiesta el silencio reconfortante y revelador. El silencio mental es un gran logro; saber desprenderse de los que nos satura psíquicamente, es otro. La serpiente tiene su piel lustrosa porque periódicamente muda la misma y se renueva.

Como reza la antigua enseñanza yóguica: “En el silencio de la mente se revela la luz del Ser”. Hay mucho que arrojar por la borda, muchos velos de los que liberarse para poder conectar con la realidad última. La Sabiduría consiste más en desaprender que en aprender, en quitar que en poner, en soltar que en acumular. El conocimiento es acumulación de datos; la Sabiduría es comprensión clara y transformativa.

Ramiro Calle

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Vaso lleno no suena…

Era un maestro cuya enseñanza hacía hincapié en la necesidad de percibir el vacío primordial y la transitoriedad. Instaba a sus discípulos a que se vaciaron de todo y percibieran el sustrato sin formas de todo lo existente, la energía que todo lo anima. Pero tanto enfatizaba en este aspecto de la enseñanza que un día varios discípulos le dijeron:

-Maestro, no es que cuestionemos tus enseñanzas, pero ¿no pones demasiado énfasis en la doctrina del vacío?

El maestro sonrió y dijo:

-Al atardecer quiero veros a todos aquí con un vaso de agua.

Declinaba el día. Los discípulos se reunieron con el mentor, cada uno de ellos llevando su respectivo vaso de agua. El maestro dijo:

– Golpead los vasos con cualquier objeto y hacedlos sonar. Quiero oir la música de vuestros vasos.

Así lo hicieron sus discípulos, pero el sonido era muy pobre y apagado.

Entonces el maestro añadió:

– Vaciad los vasos y repetid la operación.

Los discípulos arrojaron el agua de los vasos y comenzaron a hacerlos sonar. Ahora el sonido era muy vivo.

El maestro dijo:

– Vaso lleno no suena.

Al instante, los discípulos, comprendieron, y el maestro les sonrió satisfecho.

REFLEXIÓN:

En un recipiente lleno, no cabe nada más; si algo no se suelta, nada puede llegar.

Cuando estamos atiborrados de “trastos” intelectuales y anímicos no queda espacio para percibir la realidad subyacente y nos quedamos atrapados en nuestra propia tela de araña de opiniones, prejuicios, creencias e información. Así uno se estanca y el aprendizaje existencial se detiene. Uno se aferra a los trastos viejos y desordenados y no sabe ver detrás de las apariencias o de las propia pautas, viejos patrones, complejos y frustraciones. Al aferrarse uno a lo viejo, no damos entrada a lo nuevo.

La mente agoniza en sus propios condicionamientos y límites. Detrás de las nubes, se esconde el firmamento ilimitado. Cuando la mente se vacía, se manifiesta el silencio reconfortante y revelador. El silencio mental es un gran logro; saber desprenderse de los que nos satura psíquicamente, es otro. La serpiente tiene su piel lustrosa porque periódicamente muda la misma y se renueva.

Como reza la antigua enseñanza yóguica: “En el silencio de la mente se revela la luz del Ser. Hay mucho que arrojar por la borda, muchos velos de los que liberarse para poder conectar con la realidad última. La Sabiduría consiste más en desaprender que en aprender, en quitar que en poner, en soltar que en acumular. El conocimiento es acumulación de datos; la Sabiduría es comprensión clara y transformativa.

Ramiro Calle

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Photo Credit: CPGXK Flickr via Compfight cc

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El Sabio y el Erudito…

Se trataba de un erudito muy pagado de sí mismo que siempre estaba haciendo gala de sus conocimientos de todo orden, menospreciando a aquellos que no eran tan cultos como él. Escuchó hablar de un sabio y acudió a visitarlo, pero no para interesarse por él o preguntarle algo sobre la ciencia espiritual, sino para jactarse de sus conocimientos.

– No hay rama de la ciencia o de la filosofía que no haya estudiado e investigado -dijo-. Soy una biblioteca viviente. Mis conocimientos son incalculables.
Entonces el sabio le miró directamente a los ojos y exclamó:
– ¡Necio ignorante!

El erudito se descompuso, arrebatado por la ira. Se lanzó contra el sabio y comenzó a golpearlo, una y otra vez, hasta quedar ahíto.
El sabio le sonrió después de haber sido maltratado y el erudito se quedó petrificado al comprobar la serenidad de ese hombre. Pausadamente el sabio le dijo:
– Has aprendido mucho, sin duda, pero no has aprendido a controlar tu mente ni tus reacciones. Sabes mucho, pero no eres un hombre de paz.

El erudito se marchó avergonzado.

REFLEXIÓN:

El saber libresco, la erudición y el conocimiento no son sabiduría. El conocimiento es información y acumulación de datos, pero no sabiduría. El conocimiento y la información se pasa de unos a otros, pero la sabiduría es privativa e intransferible.

El conocimiento no tiene alcance transformativo, pero la sabiduría muta la consciencia. Se pueden tener muchos conocimientos y ser un necio, innoble y mezquino; pero un sabio es como una lámpara que se ilumina a sí mismo y a los demás, y se guía por la lucidez y la compasión.

La consciencia y la voluntad dan por resultado la capacidad de ejercer un dominio saludable sobre uno mismo y mejorar la relación con los demás. Se pueden conocer muchas cosas, pero lo esencial es conocer al que conoce.

Sabio es en verdad el que se conoce y puede regularse en pensamientos, palabras y actos.

El verdadero autoconocimiento viene dado mediante la observación atenta ecuánime de uno mismo. Cuando uno se va descubriendo, comienza a ver su lado sano y su lado insano, y puede trabajar para desarrollar el primero de ellos e ir debilitando el segundo.

La sabiduría consiste en ver las cosas como son desde la pureza de la mente y así proceder de una manera más equilibrada, sembrando armonía entre uno mismo y las otras criaturas. La sabiduría no viene de afuera, sino de adentro, y por eso Buda insistió: “Enciende tu propia lámpara”.

Ramiro Calle

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FUENTE: Espacio Humano

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Aprender, desaprender, para volver a aprender…

Si un recipiente no se vacía, no puede volver a llenarse. Si la ola parte es para que otra pueda venir. Algo hay que soltar para algo poder asir. Para seguir aprendiendo mucho hay que desaprender. Si estamos atiborrados, nada nuevo puede florecer. Si las ventanas de una habitación no se abren, la atmósfera se enrarece.

Nada hay más encadenante que los hábitos psíquicos ni más condicionante que los viejos patrones. Soy un eterno aprendiz, como confieso en mi relato espiritual “El Faquir”. Un aprendiz motivado pero torpe, cayéndose y levantándose en la larga marcha de la autorrealización.

Mucho que aprender, más que desaprender para poder seguir aprendiendo a la luz de la consciencia. Si uno no está en el intento por conocerse, desarrollarse, mejorar en algo su calidad de vida interna, el proceso de aprendizaje se detiene. En algunos, a los veinte años; en otros, a los treinta o cuarenta; solo en muy pocos prosigue.

Sí, soy un eterno aprendiz, intentando ir hasta donde pueda llegar, con grietas en el alma, pero con el ánimo remotivado. ¡Qué lento puede ser el aprendizaje existencial! Pero como tengo un hondo convencimiento de que un ser humano puede mejorar, hacerse más libre y consciente, no abandono la batalla contra la somnolencia psíquica y sigo en los torpes pero continuados intentos por estar más despierto.

Cuando le preguntaron a un maestro zen moribundo sobre su vida, declaró: “Error tras error”. Lo esencial es si de esos errores aprendemos y de si tratamos de vivir una vida más noble, cooperante, lúcida y meditativa. Es muy necesario tener amigos espirituales que nos hagan ver nuestros  fallos. Como dijo Buda, no es un amigo el que solo te halaga, sino el que te indica tus fallos para superarlos. Y como él aseverase también: “No sólo las tres cuartas parte de la vida deben ser la amistad, sino que las cuatro cuartas partes de la vida deben ser la amistad“.  Sí, al menos creo haber aprendido en cincuenta años que la amistad es el mayor torrente de inspiración. Y que cuanto más humildes de verdad (no simuladamente) seamos, más aceptaremos a nuestros amigos y más nos aceptarán ellos, y entonces es cuando surge el maravilloso e indestructible vínculo de la AMISTAD.

Ramiro Calle

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Una casa con un millón de puertas…

Nos movemos en dos realidades: la externa, con sus circunstancias y situaciones (favorables o desfavorables) y la mental. En la vida diaria se presentan todo tipo de contratiempos y dificultades. A veces de escasa importancia y otros graves. Es inevitable. No hay vida sin problemas y de ahí que el antiguo adagio rece: “La vida se encarga de desbaratarlo todo”.

Pero el problema más cercano a todos nosotros es nuestra propia mente, que añade complicaciones a las complicaciones, crea dificultades imaginarias cuando no las hay reales, añade neciamente sufrimiento al sufrimiento y se alimenta de tendencias insanas (ofuscación, avaricia, odio), conflictos y tensiones. Esta mente es el mayor problema.

Acarrea frustraciones, miedos aprendidos, traumas, complejos, inseguridad y angustia. Es la mente vieja que se nos impone con toda su confusión y complica aún más el momento presente, agregando su problema mismo a los problemas que se van presentando.

Esta es la mente que ha demostrado su insuficiencia para mejorar las cosas en el mundo, que compite, somete, denigra, explota y crea todo tipo de injusticias. Es la mente que hay que cambiar. Cuando un discípulo se quejó a su mentor de su mente, éste le dijo: “Si tu mente no te gusta, ¡cámbiala!”.
A lo largo de la historia de la humanidad ha habido una gran cantidad de profetas, maestros espirituales, guías religiosos, todo tipo de religiones y filosofías, reformadores sociales, revolucionarios… pero nada ha cambiado. ¿Por qué? Porque no hemos cambiado la mente del ser humano y su enorme confusión. Está anegada por una ignorancia básica que conduce a la ceguera; por una consciencia embotada que origina ofuscación sobre la ofuscación. Y como de la mente surgen todos los estados y al final la mente es el mundo, se perpetúa el sufrimiento que ese tipo de mente se causa a sí misma y a las otras criaturas.

Si una mente así ha evidenciado hasta la saciedad que es incompetente, ¿por qué no cambiar la mente y las actitudes? Es lo que urge. El problema (la mente) no puede solucionar los problemas, porque es como querer lavar manchas de tinta con tinta o elevarse uno en el aire tirando de los cordones de los propios zapatos. Hay un cuento magnífico en este sentido.

Se trata de una localidad en la que nunca se ha cometido ningún delito y no hay policía. Pero un día se produce el primer robo y entonces el alcalde en un bando comunica que quien lo desée se presente al cargo de policía. El que lo hace es el ladrón y es obvio que el ladrón-policía no va a detenerse a sí mismo.

Los primeros yoguis ya se dieron cuenta de la necesidad especifica de cambiar la mente, conociéndola, saneándola, logrando dejar fuera de la misma las tendencias nocivas, las discapacidades y conflictos. Como la serpiente muda su piel, hay que cambiar de mente y por tanto de actitud y proceder. Es lo que pretenden la meditación y el trabajo interior.
La mente vieja y problemática es egocéntrica. Está aprisionada en sus propios patrones coagulados, sus puntos de vista fosilizados, su torpeza y falta de visión clara, lucidez y compasión. No es de fiar, no es una buen compañera. Las creencias, las pautas, los viejos modelos no cambian la mente, sino que la anquilosan y le roban su frescura y su proceder sano. Se requiere la experiencia que modifica el eje de la mente y le permite otra manera de ver y ser. Las enseñanzas y los métodos nos vienen de muy antaño, pero no son para ser estudiados, sino realizados. Cada uno hereda de su mente aquello que en su mente cosecha. Si la mente no cambia, seguirá siendo un timo, un fraude, “una casa con un millón de puertas” (Kabir).

Ramiro Calle

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FUENTE: ESPACIO HUMANO

 

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Si nadie que te hiera llega a hacerte herida…

En la mente de los seres humanos reside un mecanismo que podemos denominar como “reactividad” y que produce mucho dolor y añade sin cesar sufrimiento al sufrimiento. Una cosa es la respuesta viva a lo que sucede en cada momento, en la urgencia y frescura del instante, y otra es seguir acarreando continuadamente algun sentimiento negativo, trauma, frustración o emoción insana.

Por ejemplo, alguien nos insulta. Eso a nadie la agrada, pero después durante días o semanas seguimos pensando en ese insulto y sintiéndonos agraviados, humillados, atemorizados o ultrajados. Alguien nos insultó una vez; nosotros prolongamos el insulto decenas de veces.

¡Qué diferente esta actitud con aquella de Buda que cuando alguien le insultaba, decía: “los demás me insultan, pero yo no recibo el insulto”. No se sentía agraviado, porque en el acto evacuaba cualquier sentimiento de resentimiento, rencor o afán de venganza.

Pero la mente reactiva no digiere y evacua, sino que acarrea y perpetúa una situación generando sufrimientos inutil. Con razón en el yoga se ha dicho que la mente es la fábrica de mayor sufrimiento. No cesa de darle vueltas innecesarias a las cosas. Eso es reactividad y no reacción. Y así uno se deja incluso herir por minucias y se siente ofendido por todo. De esa manera uno está siempre al alcance de los demás o de las situaciones ingratas.
En lugar de vivirlas y arrojarlas por la borda, uno las perpetúa mediante el pensamiento tóxico y repetitivo. Pero si uno se ha entrenado lo suficientemente para tener una mente más serena y ecuánime, más sanas y lúcida, no genera reactividades que son como añadir madera al fuego de la insanía, sino que pronto se libera de lo hiriente y no lo arrastra aumentando la masa de dolor.

Volviendo a Buda, que tanto investigó en la mente humana, lo explicaba muy bien con la parábola del dardo. Toda persona recibe un dardo (un impacto doloroso), pero la que no está entrenada, empieza a lamentarse, condolerse, irritarse y amargarse, con lo cual es como quien recibe un dardo y  se clava otro. En cambio, la persona entrenada, con una mente más sosegada y ecuánime, recibe solo un dardo, y no se está lamentando ni añadiendo sufrimiento al sufrimiento.

Mi hermano Miguel Angel, que era un gran rapsoda, además de un exquisito poeta, a menudo recitaba en los programas de radio que hicimos juntos a lo largo de veinticinco años  el poema de Kipling. Siempre me ha inspirado mucho el verso que dice “Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida”. Nos pueden ofender, agraviar, descalificar, dañar, pero si nuestra actitud es de sabiduría, la herida se restaña antes e incluso es como el rastro muy leve que deja el pez al deslizarse por las aguas.

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Pobreza interior…

El padre de una familia muy rica llevó un día de viaje a su hijo a visitar una comunidad indígena, que vivía pobremente. Su propósito era mostrarle a su hijo cómo vivía la gente pobre. Permanecieron ellí unos días, alojados en la granja de una familia muy pobre.

De vuelta del viaje, el padre preguntó a su hijo qué le había parecido la experiencia y si se había dado cuenta de cómo vivían los pobres para valorar más lo que tenía en casa.

El niño respondió que le había encantado el viaje y que ahora ya sabía cómo vivían los pobres. Cuando el padre le pidió que especificara lo que había aprendido, el pequeño enumeró de este modo lo que había visto:

Nosotros tenemos un perro y ellos tienen varios.

Nosotros tenemos una piscina que ocupa la mitad del jardín y ellos tienen un arroyo que no tiene fin.

Nosotros hemos puesto faroles en nuestro jardín y ellos tienen las estrellas de la noche.

Nuestro patio es tan grande como el jardín y ellos tienen el horizonte entero.

Nosotros tenemos un pequeño trozo de tierra para vivir y ellos tienen campos que llegan hasta donde nuestra vista no alcanza.

Nosotros tenemos criados que nos ayudan, pero ellos se ayudan entre sí.

Nosotros compramos nuestra comida, pero ellos cultivan la suya.

Nosotros tenemos muros alrededor de nuestra casa para protegernos, ellos tienen amigos que los protegen.

El padre del niño se quedó estupefacto y mucho más cuando su hijo concluyó:

– Gracias papá, por enseñarme lo pobres que somos.

REFLEXIÓN:

Esta fábula es tan clarividente y expresiva que no requiere de ninguna reflexión expecial, pero sí de que tomemos consciencia lúcida y rotunda de qué todavía lo mejor de esta mundo está al márgen de la mente calculadora y vorazmente rentabilizadora y de qué pobres son aquellos, como decía Ramakrishna, que solo se interesan por el dinero.

El ego posesivo, acumulador y aferrante es como un puño cerrado, pero el ego que sabe compartir y es generoso, es como una mano abierta, que refleja todo el Cosmos.

En una sociedad de excesos, todo tipo de apegos, autoimportancia enfermiza y desmesurado afán de posesividad, no hay ojos a menudo para ver las cosas simples, desnudas, hermosas, sin artificios, gloriosas, de la vida. No hay peor pobreza que la interior ni peor ignorancia que creerse docto ni mayor cárcel que la de estar atenazado en el incorregible egocentrismo. Por mirar con apego al farol de nuestro jardín, dejamos de contemplar esas estrellas que tachonan el firmamento por la noche y que, al menos hoy por hoy, pertenecen a todos y pertenecen a nadie.

Ramiro Calle

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Photo Credit: Nhoj Leunamme == Jhon Emmanuel via Compfight cc

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Del Desasosiego a la Serenidad…

No hay persona que no conozca el desasosiego y asimismo la vivencia de la angustia. El desasosiego es una sensación de agitación, incertidumbre, impaciencia, temor difuso, ansiedad o zozobra.

 Toda persona experimenta desasosiego cuando algo no acontece como esperaba, cuando hay un estímulo que se interpreta como amenazante o cuando hay que atajar una situación dificil o soportar una circunstancia desfavorable; pero además el desasosiego asalta muchas veces a la persona sin causa aparente, simplemente porque se desencadena en ella de repente o incluso en los momentos o situaciones más inesperados. ¿Por qué? Puede haber en tales instantes causas químicas incluso, pero más generalmente se debe a que la persona no está totalmente armonizada y de repente surge esa sensación desagradable. Como la fiebre es al cuerpo, la ansiedad es al alma. Una y otra son síntomas y nos avisan de que algo no opera adecuadamente, sea en el cuerpo o en la mente.

A veces las causas se pueden descubrir, pero otras se nos escapan. Pero de lo que no hay duda es que el desasosiego nace unas veces de nuestro núcleo interior de caos y confusión, y otras como una reacción asociada al temor, la inseguridad, el sentimiento de frustración o fracaso, la incertidumbre o a otros innumerables factores tanto externos como internos. Lo que es cierto es que el desasosiego se manifiesta más en la persona menos madura e integrada psiquicamente, más inestable y menos segura de sus propios recursos internos. A veces se presenta como ansiedad y admite muy diversos grados de intensidad, desde una leve inquietud a una incontrolada angustia.

Una sociedad como la nuestra es caldo de cultivo para el desasosiego, la incertidumbre, el miedo y la zozobra. La gran mayoría de las personas no disfruta de una verdadera y enriquecedora vivencia de serenidad y están, sin percatarse muchas veces de ello, desasosegadas, viviendo una sensación de ansiedad a la que aparentemente se habitúan, pero que interiormente las va minando o por lo menos les quita la grata vivencia de la paz interior y la inspiradora serenidad. Otras están tan estresadas y dan tan poco tiempo a su ser interior, que están muy distantes de la verdadera tranquilidad y se hallan inmersas en un escenario continuado de inquietud, ansiedad, impaciencia, apresuramiento, autoexigencias y disipación de sus mejores energías, lo que pueda producir psicastenia, debilidad psicosomática, angustia y apatía.

El desasosiego nos puede llegar por dos vías: la procedente del exterior, por circunstancias adversas, inconvenientes, dificultades de cualquier orden y factores ansiógenos en general, o por la interior, debida a nuestra falta de autoconocimiento y armonía psíquica y siendo víctimas de nuetros conflictos internos, ambivalencias, semidesarrollo y falta de madurez. Tambien viene el desasosiego causado por falta de entendimiento correcto, apego, ofuscación mental, avidez y aborrecimiento, complejos y traumas y sufrimiento existencial.

Otras veces por la forma de vida que llevamos y no querríamos llevar o por relaciones que nos lesionan o por tantas cosas más. Pero muchas veces la ansiedad es como una alarma que nos está anunciando que algo en nosotros debe cambiar, sea dentro o fuera. Tambien muchas veces nuestros estrechos puntos de vista o nuestras actitudes inadecuadas son causa de ansiedad, como, por ejemplo, cuando no aceptamos lo inevitable. El lado conflictivo de la mente, generando tensiones, crispaciones, disgustos y preocupaciones innecesarias es tambien un foco de desasosiego.

La serenidad hay que irla ganando dentro de nosotros, poniendo para ellos las condiciones adecuadas y llevando a cabo el trabajo interior que nos permita conocernos, superar nuestros agujeros y torturadores psíquicos, desarrollar la consciencia y una comprensión más clara de los hechos, cultivar la ecuanimidad y aprender a mirar el transcurso de los acontecimientos desde nuestro “punto de quietud” sin dejarnos tanto identificar y atrapar por las circunstancias adversas.

Nos será de gran utilidad en este sentido practicar con alguna asiduidad la meditación y tratar de estar más atentos, sosegados y lúcidos en la vida diaria. Como decían los antiguos sabios de la India, nada hay que pague un instante de paz, y es en la serenidad donde se hace escuchar la voz de nuestro yo más profundo. La conquista de la serenidad debe ser una de nuestras más destacadas prioridades. Ganamos la serenidad para nosotros y la compartimos con los demás. Si algo necesita este mundo convulso es serenidad, porque de la misma nace la lucidez y de la lucidez la compasión.

Ramiro Calle

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Photo Credit: Anusska via Compfight cc

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Código de Conducta interior…

A lo largo de años hemos ido en diferentes clases de meditación y radja-yoga investigando un código de conducta interior que sintetizo en los siguientes puntos. No tiene el menor carácter autocoercitivo y es una herramienta para estar más atento y autovigilante, mejorar la calidad de vida interna y despertar la consciencia.

Incluí este código en mi obra “Enseñanzas del Guerrero Espiritual”, pues forma parte de esa guerrería a la que se somete el buscador espiritual para cooperar en la transformación interior y el acrecentamiento de la consciencia. Son pautas de orientación, como una brújula, para seguir con lucidez la senda de la autorrealización.

Como declaraba Buda, “mas importante que vencer a mil guerreros en mil batallas, es vencerse a uno mismo”.

El buscador espiritual es aquel que se plantea interrogantes existenciales y quiere mutar su psicología y humanizarse. Esa es la mayor de las conquistas. Se busca para encontrar respuestas que escapan al entendimiento ordinario. Se busca para hallar la paz interior y una clase de felicidad que no está supeditada a lo sensorial. Se busca para encontrar un Sentido, un Significado, un Propósito.

1. Nada de lamentaciones: al lamentarnos, experimentamos un temporal alivio, pero perdemos parte de nuestra energía y nos debilitamos.

2. Nada de autocompadecerse: no ceder a la autocompasión puede permitir aprovechar el propio ánimo para pulirse y sacar fuerzas de la propia debilidad pasajera.

3. Superar la auto importancia: nuestro propio narcisismo es fuente de dolor y nos hace débiles y neuróticos. Así quedamos pendientes de los juicios de los demás sobre nosotros, nos sentimos rápidamente heridos si no nos consideran lo que esperábamos, ansiamos ser centro de atención y reclamamos incesantemente cariño y cuidados. Sin ego somos invulnerables.

4. Cambiar el «no puedo» por «no quiero». “Incluso debemos aprender a decir «no quiero» en lugar de «no puedo», cuando sea así, de manera cortés, pero exponiendo nuestra verdadera intención, y sobre todo saber para nosotros mismos cuando estamos diciendo “no puedo” y en realidad es “no quiero”.

5. Cambiar «me hacen» por «me hago». Es cierto que estamos expuestos al maltrato de los otros, pero en la vida cotidiana, por lo general, muchas veces que nos hacen es porque en realidad nos ponemos al alcance de quien nos hace y entonces hay que asumirlo como “me hago”.

6. No mentir, no falsear (ajustarnos a la realidad tal y como es). No sólo mentimos a los otros o les falseamos los hechos, sino que con más frecuencia todavía nos mentimos a nosotros mismos. El guerrero espiritual utiliza la realidad para ponerla al servicio de su búsqueda, utilizarla como piedra de toque para pulir su carácter.

7. Nada de pretextos o justificaciones. Si algo tienes que pretextarlo, no lo hagas. El guerrero vive exponiéndose; no pretextándose, abriéndose, no justificándose.

8. Ser responsables de nuestros actos: se requiere valor y coraje para responsabilizarse de todo acto. El buscador trata de ser diestro y directo, pero si se equivoca, asume su equivocación.

9. Nunca culpabilizarse ni arrepentirse. La culpa y el arrepentimiento son falaces e infantiles. Si algo es incorrecto, no lo repitas. Cambia la actitud y el proceder.

10. No arrogarnos cualidades de las que carecemos.

11. Aceptación, amor por nosotros mismos y por las demás personas: Aceptación no es resignación. Aceptación es asumir las cosas tal cual son y desde esa actitud de aceptación, comenzamos a tratar de modificarnos.

12. Ecuanimidad más allá de la avidez y la aversión

13. Ser conscientes sin prejuicios y condicionamientos, vigilante a la mente, la palabra y la acción.

14. Tomar la vida como un maestro, un reto, sin demandar excesiva seguridad.

15. Ser de todos, pero de nadie demasiado: En el lago se reflejan las estrellas por la noche, pero ninguna puede aprisionar sus aguas. Así es el guerrero. En disponibilidad, abierto, pero no se hipoteca con nadie, no alimenta dependencia, ni apegos mórbidos.

16. Ser el propio refugio, la propia lámpara, la propia autoridad, dependiendo psicológicamente de uno mismo.

17. Desarrollar el sentimiento de que cada segundo puede ser el último: La muerte no es mañana; es hoy. Siempre será hoy cuando llegue la muerte, el gran mensajero divino. Cuanto más apegados estemos, más la temeremos; cuanto más ego tengamos, más horror nos inspirará. Sin apego, sin ego, ¿qué es la muerte?. Su idea no debe debilitarnos, sino proporcionarnos fuerza. Si vivenciamos cada segundo como que muy bien puede ser el último, le procuraremos un significado pleno y creativo y lo haremos en inafectación y libertad.

18. TRABAJAR SOBRE UNO MISMO PARA CONSEGUIR UNA MENTE CLARA Y UN CORAZÓN COMPASIVO. ES LA MEJOR CONTRIBUCION QUE UN YOGUI, QUE UN GUERRERO ESPIRITUAL, QUE TODA PERSONA PUEDE HACER A LA HUMANIDAD.

Ramiro Calle,  Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com

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FUENTE: ESPACIO HUMANO

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