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Las personas fuertes…

Las personas fuertes están hechas de cicatrices, que a menudo cuentan historias difíciles.

Las personas fuertes lloran y mucho, porque saben que el dolor hay que sacarlo fuera.

Las personas fuertes no son de roca, más bien son de arcilla. Saben que para aguantar la presión sin romperse, es imprescindible que la fuerza les moldee.

Las personas fuertes cambian de piel constantemente y así aprenden a dejar atrás lo que les hizo daño.

Las personas fuertes no son rencorosas pero tienen muy buena memoria. Aprendieron pronto la diferencia entre perdonar y recordar.

Las personas fuertes saben ponerse en el lugar del otro, porque comprenden que mirarse a los ojos es como mirarse al espejo.

Las personas fuertes saben decir lo siento cuando se equivocan, porque lo echaron en falta todas las veces que se equivocaron con ellas.

Las personas fuertes se convierten en submarinos cuando intentan hundirlas y son las flores de los cactus.

Las personas fuertes no siempre tienen la razón porque saben escuchar las razones ajenas y entienden que la verdad es tan sólo un punto de vista.

Las personas fuertes son sólo personas que han construido un castillo con sus defectos, sus miedos y sus debilidades, al que sólo dejan acceder a los limpios de corazón.

Cuando estés frente a una persona fuerte no cometas el error de olvidar que los paisajes más hermosos son el fruto de la erosión.

Paz Castelló


Photo Credit: Pricenfees Flickr via Compfight cc

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Soy y no soy…

Estupendo post del Blog de Paz Castelló...

Aunque soy fuerte, no estoy hecho de roca, porque cuando alguien me lanzó al agua para intentar hundirme, solo toqué el fondo para impulsarme.

Aunque a veces soy débil, no estoy hecho de polvo, porque cuando alguien sopló para deshacerme, me convertí en parte del viento.

Ser raíz que fija al suelo la solidez de mi tronco pero castra mis alas y me impide el vuelo.

Ser alas que acaricien el cielo a merced de un soplido que me devuelva al suelo.

Y a veces soy lo que no soy y termino siendo lo que evito.

Buscando fuera lo que está dentro, mirando dentro sin ser visto.

Aunque soy libre, no estoy hecho sin fronteras, porque cuando alguien quiso marcarme el camino, dibujé la línea que separa el antes, el después y el nunca más ocurrirá esto.

Aunque soy esclavo, no estoy hecho de cadenas, porque cuando alguien me atrapó lo hizo con leyes escritas con los ojos y la punta de los dedos abrasándome la piel.

Ser veloz y decidir quedarte quieto para admirar el cadencioso movimiento de las nubes.

Correr y no conseguir escapar porque el enemigo vuela.

Y a veces soy lo que no soy y termino siendo lo que evito.

Buscando fuera lo que está dentro, mirando dentro sin ser visto.

Y mientras tanto la vida pasa, y las certezas imperturbables, como anclas en el puerto, coleccionan dudas y miedos con los que juegan al póker alrededor del tiempo.

Paz Castelló

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La vida a veces…

Un texto extraído del blog  de Paz Castelló…

La vida a veces es un sobre de azúcar que guardas en el bolsillo porque eliges sacarina para no engordar, sin darte cuenta de que en sí misma ya es dulce cuando no es amarga.

La vida a veces consiste en bañarse vestido para aprender a nadar con la ropa mojada y los zapatos puestos, porque olvidamos que nacimos desnudos, sucios y mojados, gritándole al mundo que se empeña en callarnos.

La vida a veces te da lecciones que no se aprenden, sino que se desaprenden, tan contradictorias como que el número infinito pi en realidad sea una letra.

La vida a veces se nos resiste, porque pretendemos domarla como si de un potrillo se tratara, cuando en realidad es un río y nosotros salmones nadando contracorriente para morir en nuestro destino.

La vida a veces es un circo de tres pistas donde la equilibrista más experta se jubiló con artrosis en el momento justo en el que había aprendido a cruzar el alambre sin extender los brazos.

La vida a veces es una obra de arte guardada en un baúl y otras, una burda imitación expuesta en un museo ante las caras de admiración de los ignorantes.

La vida a veces es tan atrevida como amar sin condiciones, aún a sabiendas de que nada, y mucho menos el amor, es gratis, porque las cuentas de la vida no se pagan con dinero y por eso son tan caras.

La vida a veces juega a los peluqueros, despeinando emociones y rizando el rizo, mientras aprendemos a soltarnos la melena y a peinar canas.

Dicen que la vida a veces es difícil de entender, como el chino para un español o el abandono para un perro, pero sea como fuere, la vida siempre es un regalo que no vale por la caja que lo contiene, ni por el papel que lo adorna, ni siquiera por su contenido. El regalo de la vida es la gente que la comparte contigo.

Paz Castelló

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No tengas miedo…

No te escondas, sé que estás ahí, como un niño pequeño detrás de las cortinas asomando la punta de sus zapatos.

Puedo sentirte.

Hasta mis oídos llega el galope de tu corazón trotando desbocado.

Hay silencios que son altavoces.

Lo sé, tienes miedo.

Pero es hora de salir, de aguantar la respiración el tiempo suficiente hasta que respirar te queme como a un recién parido.

Sé que hace tiempo te escondiste y que metiste tu vida en una maleta con tanta dificultad, que hasta tuviste que sentarte encima para cerrar la cremallera.

Pero ya no tiene sentido encerrarte.

No estás a salvo, no te equivoques.

La soledad es una asesina en serie a la que nunca han atrapado.

Es un gas letal que se cuela por las rendijas más diminutas.

Y aunque lo intentaste, ni siquiera tú fuiste capaz de envasarte al vacío.

El mundo es inmenso detrás de la mirilla que has dibujado en tu ombligo y por la que asomas de vez en cuando.

Nada es perfecto y sin embargo todo encaja en un extraño equilibrio.

Vivir es aprender a besar con los ojos abiertos para colarte en la boca del otro y en sus ojos al mismo tiempo, sin miedo a que te muerda.

Es dibujar decepciones en la arena de la playa para que duren el tiempo justo hasta que llegue una ola.

Y moriremos vividos como un canto rodado que escupe el mar.

Pero no tengas miedo.

Abre la puerta y asómate al precipicio de tus dudas.

Que las aguas estén agitadas no significa que no puedas nadar.

Tal vez dejarse llevar por la corriente no sea tan mala idea al fin y al cabo.

Y cuando tragues agua y sientas que te ahogas, recuerda que la vida solo sirve para vivirla mientras aprendemos a flotar.

Paz Castelló

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Photo Credit: mariana C. via Compfight cc

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Ni soñarte …

Te he pensado hasta el olvido

Te he olvidado hasta soñarte

Te he soñado hasta al pensarte

Y al querer volver a tenerte

Desperté así de repente

Sin pensarte

Ni olvidarte

Ni soñarte

Ni tenerte

Paz Castelló

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Zoe…

La enfermera me dijo que no era necesario que pasara por eso. Que ya había sufrido bastante. Lo dijo con la voz convencida. ¿Acaso podía medir ella el grado de sufrimiento? ¿Tenía un aparato capaz de cuantificarlo? Como el termómetro con la temperatura o el tensiómetro para la presión arterial… mucho, poco, demasiado, bastante.

Sufrimiento.

Extendió la mano y me ofreció una pastilla.

– Anda, no lo pienses más y tómatela.

La acompañó con una sonrisa lastimera y un vaso de plástico medio lleno de agua. ¿O estaba medio vacío? No lo recuerdo bien. Pero yo no me la tomé. Necesitaba pasar por eso. Quería pasar por eso. Llorarle por mis pechos que aún tenían líquido que derramar y darle así un descanso a mis ojos, secos y yermos, como mi vientre recién parido.

Y sucedió tal y como ella dijo, como manda la madre naturaleza. Tan sabia y tan torpe al mismo tiempo. La vida necesitó tan sólo de unas pocas horas para seguir su curso sin importarle lo que hubiera podido ocurrirme. Lo que hubiera podido ocurrirle. Mis pezones crecieron y se oscurecieron. Mis pechos tensaron la piel hasta dolerme. Estaban calientes y llenos de leche, y las gotas que se escaparon me empaparon la ropa interior y la camiseta, dibujando círculos con un tenue aroma dulzón que terminaba por amargar y descomponerse.

Esa fue la primera vez que eché en falta un llanto agudo, lastimero y hambriento. Un bebé reclamando despóticamente su comida. Pero de nuevo me ahogó el silencio.

Es curioso. Ni siquiera en el momento del parto pensé en ello. El silencio lo dijo todo. El silencio del niño muerto, el silencio martilleando las sienes del médico angustiado, el silencio pesado de la comadrona moviéndose de aquí para allá, mi propio silencio extenuado por el esfuerzo… ¿Cómo es posible que se pueda echar en falta el llanto de alguien? Lo es. Es posible. Mucho más que la risa. Pero entonces yo todavía no lo sabía.

– No puedes seguir así, – me dijo el médico dos días más tarde. – Podrías enfermar.

Me cogió la mano para hablarme. Las suyas estaban frías. Eran bonitas pero frías, como sus palabras: “Vuelve a intentarlo. Eres joven, puedes tener más hijos”.

Más hijos.

Otro hijo.

Ese hijo.

Mi hijo…

¿Acaso no entendía la diferencia? ¿Qué le ocurría? Se lo hubiera gritado, pero no dije nada. De nuevo el silencio. Seguí llorando lágrimas de leche en un llanto tibio y dulce, sin importarme nada más que derramarme sin control.

Entonces deslizó un folleto sobre la mesa, casi furtivamente, como si lo colara por debajo de la puerta en mitad de la noche. Supongo que temió mi reacción.

-¿Madres de leche? – Leí en voz alta las letras magenta.

-Amamantar a otros niños. La mayoría prematuros cuyas madres no pueden hacerlo. La leche materna es la mejor medicina para ellos.

Madres con leche y sin niño. Niños con madres sin leche. La vida podía ser muy irónica, pensé.

Las incubadoras se me antojaron pequeños ataúdes de cristal con cuerpecitos inmóviles que apenas agitaban el pecho, arriba y abajo, en una respiración artificial. Una sala llena de incubadoras. Una morgue repleta de diminutos cadáveres vivientes en plena batalla por existir. Sonaba música clásica de fondo, como en la antesala del cielo, y todos hablaban en voz baja como si contaran secretos.

– Ponte cómoda. – Me sonrió una joven.

Me colocó una almohada a la altura de los riñones. Después me ayudó a desnudar mi pecho derecho. Lo palpó como si fuera una fruta del mercado y una lágrima de leche goteó sobre su mano. Entonces volvió a sonreír.

– No sabes lo bien que le va a venir a Zoe.

Apenas era un trozo de carne. Tenía un antifaz en los ojos y un gorro de punto de color rosa. La colocó sobre mi vientre, con cuidado pero resuelta. Acomodando también los cables que la sujetaban al mundo. De debajo de la manta asomaron unas manos dibujadas con la perfección de un miniaturista. Era violácea. Encajaba a la perfección entre mis pechos como una pieza de puzle. No lloró. Emitió un gemido felino por toda respuesta a mis miedos.

– Setecientos gramos. – Dijo la joven a las preguntas no formuladas. Otra vez el silencio se apoderó de mí. – Un milagro, sin duda. El hombre que la encontró la confundió con un gato en una caja de zapatos dentro de un contenedor. – Aguanté la respiración. Mis pechos se derramaron de la emoción. La presentían. La joven frunció el ceño. – Y luego nos llamamos seres racionales. Tirada a la basura…como un desperdicio.

Con el dedo meñique le abrió la boca a Zoe, como un pájaro. Como si lo hubiera hecho mil veces antes, sustituyó su dedo por mi puntiagudo pezón, casi sin darme cuenta, y lo sentí acompañado por primera vez en mucho tiempo.

– Desabróchate la camisa. Necesita sentir tu piel. – Obedecí.

Mi piel.

Su piel.

Piel con piel.

Me ericé.

Tuve frío. Sentí miedo. Pena por ser otra boca la que succionara mi pecho. Gozo por lo que estaba sintiendo. Culpa por sentirlo. No sé por qué, pero lloré. Tal vez de tristeza o de alegría, no sabría decirlo con seguridad. Tal vez por ambas cosas a la vez…

– Le gustas.

La boca de Zoe se aferró a mi pecho como un náufrago a un salvavidas. Acompasada, succionó la leche de otro, de la madre de otro, y la hizo suya por derecho. Había llegado para quedarse.

– Mira cómo mama… saldrá adelante. ¿Sabes por qué se llama Zoe? – negué con la cabeza. – Porque significa “llena de vida”. Lo eligió el doctor de la unidad de emergencia que la recogió. – La miré y pude sentir su fuerza. Una energía que me invadió. – Puedes cantarle si quieres. O háblale, les gusta mucho.

Y nos dejó a solas. Zoe y yo. Ella llena de vida y yo hueca por dentro. Mi vacío y su presencia. Tanto por llenar y tan poco espacio. Le hablé mientras me derramaba dentro de ella. Gota a gota. Sin prisas. Le hablé bajito. Un susurro. Una caricia con la voz. Nuestro secreto. Le conté lo sucedido con mi pequeño y ella escuchó sin dejar de vaciarme hasta que se durmió sin soltar mi pezón, anclada a mí, y la joven volvió.

– No hace falta que vengas todos los días. Puedes sacártela con el sacaleches y se la daremos con el biberón.

Pero fui todos los días, a todas horas. Sentí celos de otros pechos prestados que pudieran amamantarla, de la leche de otra, de la sustituta de la madre sustituta. Y Zoe aprendió con rapidez a buscar mi piel con su olfato, como un animal, con los ojos tapados por aquel antifaz. Se acostumbró a mi voz y mis pezones se acostumbraron a la forma de su boca.

Cuando estuvo lista, semanas después, le quitaron el antifaz y pude ver sus ojos. Eran grises como una noche estrellada que tiene la certeza de que siempre amanece. Serenos. Casi diría que sabios, a pesar de no haber visto el mundo. Me miró y yo sonreí. No recordaba la última vez que lo había hecho. Estrené sonrisa para ella.

– No te encariñes. – Me dijo la joven. – Lo pasarás mal cuando se marche.

Querer no quererla era imposible. Dar órdenes al corazón no era mi fuerte. Y pude volver a sentir la ausencia. Anticiparla. La presentí rondándome, carroñera, esperando su momento, frotándose las manos con perversa avidez, sabiéndose ganadora y yo reincidente.

– ¿Qué pasará con ella? – Pregunté.

– En cuanto el médico le dé el alta pasará a manos de los servicios sociales. Con suerte le encontrarán un buen hogar en adopción. Pero mientras sigas teniendo leche, habrá otros niños a los que alimentar, no te preocupes.

Siete meses después de que alguien la encontrara dentro de una caja de zapatos en un contenedor de basura, Zoe estaba lista para salir al mundo. Preparada para formar parte del sistema. El mismo sistema que había decidido que dejara de verme, que dejara de olerme, que dejara de beber mi leche. Y lo supe. Supe que debía hacerlo. Porque esta vez podía hacer algo. Y lo hice.

Desde entonces me buscan pero yo ya no estoy, tampoco Zoe. Nos marchamos para ser. Perdernos para encontrarnos. He visto muchas veces carteles con mi fotografía en las estaciones de tren, en los aeropuertos y en los periódicos. Últimamente amarillean y pegan otros encima. También he salido en las noticias. Durante un tiempo hablaron de mí casi a diario. En un programa de televisión un psiquiatra hizo un perfil de mi estado mental. Todos dicen que estoy loca. Que soy una mujer trastornada que un día perdió a su bebé y no pudo superarlo. O no supo. O no quiso. Que he perdido el juicio. Creen conocerme. Los más crueles ni siquiera sienten compasión. Son incapaces de hacerlo. Parlotean sobre mi vida como si les importara. Se refieren a mí como esa pervertida que un día robó una niña de una incubadora creyendo que era suya. Una loca.

Hace cinco años ya que estamos lejos de todos ellos. Ya sólo somos un puñado de artículos en una hemeroteca. Un pequeño apartado de una historia que sucedió un día. El vago recuerdo de un suceso que ya no merece minutos en las noticias. Porque la vida continúa. Siempre lo hace y lo deja todo atrás. Todo sigue su curso. En una única dirección. Hacia delante.

Cada noche, antes de ir a la cama, la pequeña Zoe me pide que le cuente la historia de la niña miniatura que maullaba como un gato porque no sabía llorar. Es su preferida. Se la sabe de memoria, pero no parece cansarse de escucharla, pegada a mis pechos.

Piel con piel.

Mi piel.

Su piel.

Nuestra piel.

– Cuéntame otra historia. Por favor, por favor…

Entonces yo le cuento la historia que le conté en un susurro la primera vez que la vi. La de aquella mamá vacía que lloró lágrimas de leche en la boca de la niña miniatura. Y las dos se encontraron. Cruzaron sus caminos un día para seguir caminando juntas.

– ¿Y vivieron felices para siempre?

– Sí, lo hicieron.

– Te quiero mamá.

– Y yo a ti mi pequeña Zoe. Colorín colorado…

Cada noche, cuando la luz del cuarto de Zoe se apaga, se escucha a los gatos maullar rasgando el silencio, hasta que pasa el camión de la basura.

Paz Castelló

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Photo Credit: © Delsool via Compfight cc

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La semilla y la maceta…

Nací semilla con suerte, hundida en tierra fértil. En la húmeda oscuridad desperté de mi encierro y hurgué en las entrañas de quien me dio cobijo un día.

La noche que aprendí a echar raíces me di cuenta de que estaba en una maceta y el barro de las paredes me moldeaba a su antojo, haciendo de mí lo que no era, presa y protegida, hermosa pero no libre, adornando la vida de quien me había encerrado.

Y me ahogué más pronto que tarde, enredada en mi propia esencia, dando vueltas a un tiesto que me daba forma y me enclaustraba, mareada en mi propio encierro, asfixiada dentro de mí misma. Y aun así, florecía colorida cada primavera. Y aun así, agradecí la luz del sol cada mañana y cada gota de lluvia que refrescó mis hojas, porque nadie supo nunca de la oscuridad de mis entrañas bajo tierra.

Animada por mi ansia de escapar, descubrí  un día que no estaba todo perdido, que un pequeño agujero en el fondo de la maceta de mi encierro era mi única salida. Así que hurgué de nuevo, pero esta vez en lo más profundo y no dando vueltas.

Me estiré todo lo que fui capaz, necesité muchas lunas para ello, y una pequeña parte de mí asomó al mundo por un diminuto agujero.

Y renací de nuevo, esta vez no de semilla sino de una parte de mí misma, fruto de mi propia raíz, inventada otra vez. Busqué donde hundirme tanteando el suelo que pisaba. Hasta que encontré tierra firme en la que hacer mi nido.

Ahora ya no tengo quien me riegue si no es el cielo, pero he crecido salvaje fuera del tiesto. No me peino las raíces si no quiero y crecen libres, a su antojo, como las venas de la tierra.

Que nazca la flor de la corteza.

Que el cielo te riegue cuando quiera.

Que bajo el asfalto las raíces de la vida dibujen carreteras.

Que ningún tiesto moldee tu forma.

Y si un día quieres florecer, que sea para adornar tu jardín.

Y si un día decides escapar, busca el agujero de tu maceta.

Paz Castelló

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Tragar cristales…

Tragar cristales

Lamer la herida

Un puñado de tierra sobre los ojos

 

Chupar la sangre

Morder la lengua

Cien agujas entre las uñas

 

Vivir por otros

Morir de noche

Entre el sueño y la vigilia

 

Que el hielo queme

Masticar arena

Sal y pimienta sobre la herida

 

Que el mudo cante

Que el amor mate

Que el mundo gire sin marearme

 

Paz Castelló

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Photo Credit: Manel via Compfight cc

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Lo hice…

Lo hice. No  sé las veces que tuve que intentarlo, pero al final logré hacerlo. Fue como excavar un túnel raspando las entrañas de la tierra con la cucharilla del café, y eso que yo soy más de té, arañar centímetros a la oscuridad cada noche, en silencio, en secreto, para volver a mi celda antes del amanecer. Y hacer como si nada. Siempre hacer como si nada estuviera ocurriendo para no molestar. Pero lo hice. Al cabo del tiempo el túnel me sacó de mi encierro y pude ver la luz.

Lo hice, y volvería a hacerlo una y mil veces. Porque pude, porque quise, porque nada me impide poder querer y querer poder hacerlo. Ahora lo sé. Ahora ya nada es lo mismo y en el fondo todo sigue siendo igual. Yo soy la misma, pero ya he dejado de ser juez y parte, fiscal y víctima al mismo tiempo. Ahora me fumo la vida con la certeza de que no voy a salir viva de ella, sin pagar las tasas en el camino.

Ya nadie me arranca una sonrisa, ahora yo me la dibujo, porque nada es ya a la fuerza, ni nada merece la pena. Me he vuelto liviana fuera de mi encierro y ya no hay intersticios en los que escudriñar malos pensamientos.  Y la culpa, mi eterna y fiel compañera, la he vendido a precio de saldo, porque de tanto usarla la tenía desgastada. Te sorprendería saber cómo cotiza al alza el mercado de la culpa.

Lo hice, dejé de existir para ser. Porque incluso arrastrándome conmigo a cuestas, dejé una huella plateada en el camino. Ahora soy confortable como un hogar encendido, interesante como un libro que cuenta una historia de superación, pero sobre todo soy una posibilidad, cientos de ellas, tal vez miles, como la semilla que es la madre primera de los frutos, como los frutos que están preñados de semillas. Y todo es posible.

Y aunque el miedo me susurra zalamero palabras de amor de vez en cuando. Ya no vendo mis afectos a cualquiera, aprendí la lección. Así que languidece por inanición, porque siempre se alimentó de mis inseguridades y ahora pasa hambre. Lo hice y volvería a hacerlo mil veces si fuera necesario, pero no ocurrirá de nuevo, tenlo por seguro. He tirado al mar la llave de tu recuerdo para que nunca más me contamine. Soy un lienzo en blanco, estoy aprendiendo a dibujarme de colores. Y nos sabes cuánto me gusta.

Lo hice. No te olvides nunca de que lo hice, yo sola, y no te necesité para hacerlo.

Paz Castelló

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Photo Credit: _Hadock_ via Compfight cc

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Ni dulces ni sueños…

No me desees dulces sueños.

No los quiero. Ni dulces, ni sueños.

Los quiero salados, como el sudor en tu piel resbalando.

Plantándole cara a un insomnio perpetuo.

No me des las buenas noches.

No las quiero.

Dame los días, desde las madrugadas hasta que el sol se esconda.

Seré mala contigo con la luz encendida si tú me dejas.

No me digas que descanse.

No quiero.

Ríndeme por agotamiento.

Y si al final me conquistas, que sea batalla ganada en mi terreno.

No quiero ni buenas, ni noches, ni dulces, ni sueños.

No me digas que descanse.

No quiero un café compartido.

Ni esperarte, ni que vuelvas.

Y que nunca te hayas ido.

Lo único que yo quiero, mi vida

Es ser tuya de nuevo.

Paz Castelló

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Photo Credit: Kris Kesiak Photography via Compfight cc

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