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Estar en las nubes…

Me gusta estar en las nubes. Sí, me gusta.

De vez en cuando, abstraído, meditando, pensando, hilvanando ideas, navegando con la imaginación en el futuro, en el pasado, por un supuesto presente.

Es un placer poder meditar, contemplativamente, sin esfuerzo, viendo cómo las ideas vienen y se van como volutas de humo, de vapor, que crean nubes.

Muchas buenas ideas nacen en este estado, donde la consciencia tiene el permiso de vagar, de divagar, de jugar con aquello que emerge del recuerdo, de la fantasía, de la experiencia… o de la aparente nada, tan plena.

¿Te gusta estar en las nubes?

Álex Rovira


Photo Credit: Eduardo Amorim Flickr via Compfight cc

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Lo revolucionario…

“Saber escuchar,
acompañar,
regalar ternura
y amabilidad.
Dar dándose,
vivir desde la gratitud.

Amar… Hoy lo revolucionario es ser persona”

Álex Rovira

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El arte del coraje…

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La economía de caricias…

William Faulkner en su novela “Las Palmeras Salvajes” hizo decir a uno de sus personajes: “Si tuviera que elegir entre el dolor y la nada, elegiría el dolor”. Quizás la sensación de no saberse amado, de no tener nada, de vivir en un vacío emocional, intelectual y sensorial es mucho peor que el dolor que, de alguna manera, nos significa que estamos vivos.

Pocas veces nos paramos a pensar que la vida es un intercambio que se produce a muchísimos niveles, no sólo en lo económico o a través de los procesos de comunicación, sino también mediante los estímulos, los signos de reconocimiento positivos o negativos que recibimos de los demás sea en forma de caricias, miradas, gestos, broncas, gritos o silencios. Todos ellos moldean nuestro paisaje interior y consecuentemente nuestra manera de entendernos, de construir una imagen del mundo y de dar un sentido a la vida.

Hace ya más de veinte años, Claude Steiner, a partir de sus amplias observaciones clínicas en el ejercicio de la psicoterapia junto con el legado que le dejó su maestro Eric Berne, construyó una interesante teoría a la que denominó “la economía de caricias”. Bajo este sugerente concepto, Steiner y muchos otros han investigado los efectos que ejerce sobre el ser humano crecer y vivir en una abundancia o escasez de signos de reconocimiento que, para resumir, llamaremos caricias.

Es obvio que no sólo vivimos de pan, ni tan solo de aire ni de agua. Para sobrevivir, para crecer, necesitamos el afecto, la ternura, la caricia, la mirada, la palabra, el gesto, el contacto del otro. Somos seres sociales por naturaleza. Ya desde la fragilidad de nuestras primeras horas nos manifestamos como la especie que mayor necesidad tiene de que alguien le ampare, le cuide y le dé afecto. Incluso hay quien sostiene que existe una necesidad innata para ese amor, para esa unión. Hoy las evidencias científicas aportadas a lo largo del siglo pasado por los doctores Chapin, Banning, Spitz, Bowlby y muchos otros nos muestran que no solo necesitamos la caricia del otro, sino que sin ellas nos sentimos mal hasta el punto de poder enfermar e incluso morir.

Estos especialistas han demostrado con años de rigurosa investigación que la falta de caricias, entendidas en un sentido amplio, más allá del gesto o del roce de piel con piel, pueden provocar en el recién nacido un retraso en su desarrollo psicológico y una degeneración física tal que le lleve hasta la muerte a pesar de tener el alimento y la higiene que, en teoría, aseguren su supervivencia. El hambre de estímulos tiene tanta influencia en la supervivencia del organismo humano como el hambre de alimentos. Cuando un ser humano no recibe la cantidad mínima adecuada para su supervivencia, entra en un proceso de enfermedad y muere, y esto puede ser válido a cualquier edad.

Hay sin duda una correlación positiva entre la ternura, el cuidado, el afecto y la atención humana con el desarrollo psicológico, emocional, intelectual y físico. Nacemos hombres y mujeres pero devenimos humanos gracias a la caricia, al estímulo amable, a la ternura, a la compasión, a la gratitud, y también gracias al límite necesario que nos pone en contacto con la realidad y que se administra desde la disciplina que busca el bien común.

Leo Buscaglia, en su bello libro “Amor. Ser persona”, afirma: “A pesar de que el niño no conoce ni comprende la dinámica sutil del amor, siente desde muy temprano una gran necesidad de amar y la falta de amor puede afectar a su crecimiento y desarrollo e incluso provocarle la muerte”. También hoy sabemos que la falta de amor es la causa principal de una buena parte de las enfermedades psicológicas que no paran de ir en aumento en Occidente: desde la angustia, pasando por la depresión hasta la neurosis e incluso la psicosis nacen, en mayor o menor medida, de esta carencia. Sin el trato amable no se satisface una necesidad fundamental que nos permite seguir sintiéndonos bien, experimentar la alegría, desarrollarnos: sin amor es más
difícil crecer.

Pero yendo más allá, las ideas que Steiner refleja en su libro “Los Guiones que vivimos” apuntan a direcciones muy interesantes: las caricias son imprescindibles para sobrevivir, concluye este especialista; si no las recibimos, se pone en marcha un mecanismo de supervivencia instintivo que nos lleva a demandarlas –a menudo de manera inconsciente- a cualquier precio. Bajo esta premisa estamos dispuestos incluso a recibir “caricias negativas” antes que no recibir ninguna caricia, o parafraseando de nuevo a Faulkner, preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía. Es a partir de este mecanismo que se pueden comprender determinados comportamientos humanos que van desde el masoquismo hasta la rebelión gratuita. Por ejemplo, el niño que se rebela reiteradamente y sin motivo “objetivo” aparente quizás lo que hace es buscar con desesperación la atención de unos padres ausentes. Quizás el pequeño, con su comportamiento agresivo, rebelde, transgresor hace una llamada exasperada a la atención de sus padres para que éstos le marquen un límite o aún mejor, para que estén por él de verdad.

El Doctor René Spitz, en los años sesenta, estudió las diferencias en la evolución biológica y psicológica de niños residentes en dos instituciones diferentes de la ciudad de Nueva York. Las dos instituciones diferían en cuanto a la estrategia de acercamiento a los pequeños, el contacto físico y la nutrición. En una de ellas los niños podían ver a diario a una persona, normalmente su madre. En otra, una sola enfermera se hacía cargo de grupos de ocho a diez niños. Spitz concluyó que en el primer grupo se observaba una tendencia continuada al alza en la mejora física, psicológica e intelectual, mientras que en el segundo grupo el descenso en estos indicadores era abrumador.

Pero no solo sufre quien no recibe caricias, sino también quien no las expresa. En una investigación realizada en la Universidad de Stanford dirigida por James Gross, se concluye que suprimir la expresión de las emociones conlleva altos costos psicológicos, sociales y en la salud. A partir de esta investigación, las personas que no suelen manifestar sus emociones son más infelices y se sienten más aisladas. Es más, aparentemente la supresión de la expresión de estas emociones no reduce y hasta puede aumentar la experiencia de emociones negativas, como un disgusto, ansiedad, tristeza y vergüenza. Por este motivo, los individuos que suelen suprimir la expresión de sus sentimientos, generalmente manifiestan más experiencias negativas y menos positivas. Además, la falta de expresión de los sentimientos genera un mayor estrés psicológico, tanto en quien suprime su expresión como en la persona con quien interactúa (en los estudios, éstos mostraron un aumento importante de la presión sanguínea). Por otra parte, la supresión de la expresión de las emociones se asocia a una baja de la inmunidad fisiológica.

Y es que, sin duda, necesitamos de los demás. Hay un intercambio fundamental más allá del económico y que es el principal motor de la vida, un intercambio esencial a partir del cual se construye la esperanza y el sentido de la vida: el intercambio de caricias.

Álex Rovira

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Photo Credit: Antonio David Fernández Flickr via Compfight cc

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Si puede y hace bien…

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Una foto publicada por Álex Rovira (@alexroviracelma) el 6 de Jun de 2016 a la(s) 12:02 PDT

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El arte nos sana, nos cura…

Lo bello nos conmueve, nos impulsa, despierta el deseo, la emoción, la admiración, el anhelo. Moviliza nuestro pensar y sentir, estimula la reflexión, que es el camino a la sabiduría, y las emociones elevadas, que son el camino a la generosidad y la inspiración.

La belleza puede incluso hacer que se rompan nuestros esquemas perceptivos y mentales, abrir posibilidades, romper falsos imposibles, invitarnos a transitar por lo desconocido para llegar a lo anhelado.

Es probablemente el último recurso terapéutico. El arte que no cura, no es arte.

Álex Rovira

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Photo Credit: gusdiaz via Compfight cc

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4ª regla de la buena suerte…

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Divinas palabras…

La palabra es el arma más poderosa.
Ramón LLull

Las palabras son el vehículo de contacto de nuestra alma con la realidad. Gracias a ellas tomamos conciencia y simbolizamos lo vivido. Las palabras nos brindan además la posibilidad de significar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: las palabras nos ayudan a dar un sentido a la vida.

Gracias a las palabras percibimos las diferencias, los contrastes y nos acercamos al mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios. Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos.

Paradójicamente también las palabras nos ayudan a tomar distancia, a ganar perspectiva, a desahogarnos. Nos permiten acercarnos y alejarnos, gestionar distancias, entregarnos o partir.

«La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha», dejó escrito Michel de Montaigne. Las palabras nos pertenecen a ambas partes en diálogo cuando éste es sincero, cuando la escucha es atenta, cuando hay voluntad de encuentro. En ellas nos encontramos y por eso nos unen, nos llevan al intercambio, a la relación, al encuentro y así es como nos hacen ver, sentir y crecer.

Existen palabras que condensan experiencias, sentimientos, anhelos, incluso una vida: el nombre de la persona amada, el de los lugares de nuestra infancia, la canción que evoca el recuerdo, la poesía que siempre nos acompaña, la voz de nuestros afectos. En ocasiones, al escuchar palabras como hijo, amigo, padre, madre o especialmente el nombre propio del ser amado, se evoca y recrea un universo de recuerdos y emociones a veces más rico e intenso que la propia realidad cotidiana.

Hay palabras sencillas, inmediatas, adecuadas, amables, que son un regalo. Expresadas desde la espontaneidad, un «adiós», un «gracias», un «porfavor», un «te quiero» pueden iluminar un momento, y en según qué circunstancias, ser el recuerdo que da también sentido a una vida.

Alex Rovira

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Pequeño Yo…

Sucede que la belleza de lo que Es borra ese supuesto y pequeño yo que todo lo interfiere.

Adoramos a dioses que no vemos y paradójicamente destruimos algo tan real como la tierra que nos da la vida, el agua, el aire.

Si hay algo que merezca el nombre de divino es aquello no contaminado por la mano del hombre necio y ambicioso.

Álex Rovira

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Photo Credit: FerPer via Compfight cc

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