Archivo de la categoría: Relatos

El necio que cargaba piedras…

El maestro narró a sus discípulos el siguiente relato:  un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo.

Poco después tropezó con otra, igualmente la cargó. Todas las piedras con que iba tropezando las cargaba, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar.

¿Qué piensan ustedes de ese hombre? Preguntó el maestro

– Que es un necio -respondió uno de los discípulos- ¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?

Dijo el maestro: – Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos.

Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro.

Así dijo el Maestro, y los discípulos se hicieron el propósito de no cargar nunca el peso del odio o del resentimiento.

FUENTE: El arte de la estrategia

 

 

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El dilema del erizo…

En un día muy helado, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente la necesidad de juntarse para darse calor y no morir congelados.

 Cuando se aproximan mucho, sienten el dolor que les causan las púas de los otros erizos, lo que les impulsa a alejarse de nuevo.

 Sin embargo, como el hecho de alejarse va acompañado de un frío insoportable, se ven en el dilema de elegir: herirse con la cercanía de los otros o morir. Por ello, van cambiando la distancia que les separa hasta que encuentran una óptima, en la que no se hacen demasiado daño ni mueren de frío.

A veces, un niño o una niña por cuestión de supervivencia se queda donde le hacen daño, creando sistemas de defensa para poder soportar el dolor físico o emocional que le supone estar ahí.

¿Es necesario que sigamos haciendo esto cuando somos adultos?

¿Seguirían los erizos pinchándose unos a otros bajo un espléndido sol de verano?

Cuando algo o alguien te hagan daño, pide que dejen de hacerlo, exígelo si no, y si el abuso sigue, sal de ese lugar o relación. Si no puedes solo o sola, busca ayuda. Cada paso adelante para cuidar nuestro niño interior, da más poder a nuestra parte consciente, nuestro verdadero Ser Esencial, ese que nos permite crecer y vivir el presente con mayor plenitud.

Carmen Guerrero

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Photo Credit: juliet_earth Flickr via Compfight cc

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Condicionamiento…

El condicionamiento de los padres es la esclavitud más grande del mundo. Si el niño es criado de una manera equivocada, entonces toda la humanidad va mal. El niño es la semilla. Si la semilla se envenena y se corrompe por personas bien intencionadas, personas con buenos deseos, entonces no hay esperanza para un individuo humano libre.

El miedo está en que si el niño se deja sin condicionamiento desde el principio será tan inteligente, estará tan alerta y despierto que todo su estilo de vida será de rebelión. Y nadie quiere rebeldes: todos quieren personas obedientes.

Los padres aman al hijo obediente. Pero recuerda, el hijo rebelde es el inteligente. El hijo rebelde no se respeta ni se ama. Los profesores no lo quieren, la sociedad no lo respeta. Es aplastado.

Rara vez se produce un genio, no porque el genio rara vez nazca. El genio se produce rara vez porque es muy difícil escapar del proceso de condicionamiento de la sociedad. Sólo de vez en cuando un niño, de alguna manera, logra escapar de sus garras.

sigue leyendo: http://www.osho.com/es/read/osho/osho-on-topics/conditioning

Osho

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Una vida sin quejas…

“Demasiada gente pasa por la vida quejándose de sus problemas. Yo siempre he creído que si la gente invirtiera una décima parte de la energía que malgasta en quejarse en resolver el problema, les sorprendería descubrir lo bien que pueden funcionar las cosas. 

A lo largo de mi vida he conocido a algunas personas fantásticas que nunca se quejaban. Una de ellas era Sandy Blatt, mi casero de posgrado. De joven un caminón le había golpeado marcha atrás mientras descargaba unas cajas en una bodega. Sandy había caído de espaldas por las escaleras de la bodega. Cuando le pregunté lo larga que había sido la caída, se limitó a responder: “Lo suficiente”. Se pasó el resto de su vida tetrapléjico. 

Sandy había sido un gran atleta y en el momento del accidente estaba prometido en matrimonio. Como no quería ser una carga para la novia, le dijo a su prometida: “No te comprometiste a esto. Si quieres echarte atrás lo entenderá. Puedes irte en paz”. Y ella se fue. 

Conocí a Sandy cuando el hombre tenía treinta y pico años y me maravilló su actitud. Desprendía un aura de tío que no se queja. Había trabajado mucho y se había sacado el título de consejero matrimonial. Se había casado y adoptado niños. Y cuando hablaba de cuestiones médicas, lo hacía siempre con total naturalidad. Una vez me explicó que para los tetrapléjicos los cambios de temperatura son especialmente duros porque no tiemblan. Así que me pedía que le pasara una manta y punto.

 Puede que mi anti-quejas preferido de todos los tiempos sea Jackie Robinson, el primer afroamericano que jugó la Liga Nacional de Béisbol. Soportó un racismo que la mayoría de los jóvenes de hoy ni siquiera pueden imaginar. Sabía que tenía que jugar mejor que los blancos y trabajar más que ellos. De modo que lo hizo. Se juró no quejarse, ni siquiera aunque los seguidores le escupieran. 

Yo tenía una fotografía de Jackie Robinson colgada en la pared del despacho y me entristecía que tan pocos estudiantes le reconocieran o supieran algo de él. Muchos ni siquiera se fijaban en la foto. Los jóvenes que han crecido con la tele en color no dedican mucho tiempo a contemplar imágenes en blanco y negro. 

Es una lástima. No existen mejores ejemplos de conducta que gente con Jackie Robinson y Sandy Blatt. La moraleja de sus vidas es la siguiente: quejarse no es una buena estrategia. Todos disponemos de un tiempo y una energía limitados. Es muy improbable que el tiempo que invertimos quejándonos nos ayude a alcanzar nuestras metas. Y no va a hacernos más felices.”

“LA ÚLTIMA LECCIÓN”. Randy Pausch

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El caballo y el cerdo…

Un rico hacendado coleccionaba caballos y sólo le faltaba uno de determinada raza.

Un día se dio cuenta que su vecino tenía éste determinado caballo, así que trató día tras día de convencerlo de que se lo vendiera hasta que por fin lo consiguió.

Un mes después que hiciera la compra el caballo enfermó y llamó al veterinario quien le dijo “su caballo tiene un virus y es necesario que tome este medicamento por tres días consecutivos, luego de ese tiempo veremos si ha mejorado, si no lo ha hecho entonces no queda mas remedio que sacrificarlo”. Un cerdito escuchaba la conversación.

Al día siguiente después que el veterinario le dio el medicamento al caballo y se fue, el cerdito se acercó a el y le dijo “¡fuerza amigo! ¡levántate de ahí, o vas a ser sacrificado!”.

Al otro día luego que el veterinario le dio el medicamento al caballo y se fue, el cerdito nuevamente se acercó a éste y le dijo “¡vamos mi gran amigo! ¡levántate, sino vas a morir!, ¡vamos, anímate, yo te ayudo!”.
Al tercer día el caballo recibió su medicamento y el veterinario al no ver gran mejoría en él le dijo al hacendado “probablemente vamos a tener que sacrificarlo mañana porque puede contagiarle el virus a los demás caballos”.
Cuando los dos hombres se fueron el cerdito se acercó al caballo y le dijo “¡vamos amigo es ahora ó nunca! ya no queda más tiempo ¡ánimo! ¡fuerza! yo te ayudo… vamos…uno, dos, tres…despacio…ya casi…eso es…eso es… ahora corre despacio… mas rápido… fantástico… ¡lo lograste amigo! ¡corre! ¡corre! ¡venciste campeón! ¡¡¡Bravoooo!!!
En eso regresa el hacendado dispuesto a sacrificar al caballo y lo ve corriendo y dice “¡milagro, milagro…! el caballo mejoró… ¡hay que hacer una fiesta!… ¡vamos a matar a este cerdito para festejarlo!
 
Moraleja: Es bueno ayudar a los demás… mientras no se arriesgue el pellejo…
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Lo mejor es…

Cartel que colgó un pediatra en su consulta y que ha revolucionado Internet.

El cartel se titula “Lo mejor es…” y se dirige a madres, principalmente primerizas…aunque nos podemos dar por aludidas cualquiera.

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FUENTE: Aldea Viral

 

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Pesimista y optimista…

El comportamiento de sus dos hijos tenía extrañados a los padres: ante la misma situación, uno reaccionaba con gran pesimismo,
y el otro con marcado optimismo. Consultaron a un psicólogo, y este sometió a los chicos a una prueba. Encerró al pesimista en un cuarto con toda clase de juguetes y le dijo que hiciera con ellos cuanto quisiera. Al optimista lo llevó a un cuarto lleno de estiércol de caballo.

Cuando regresó algunas horas después, encontró al primero desolado frente a los juguetes, y le preguntó qué pasaba. Recibió esta respuesta:

“El columpio me golpea las piernas; las fichas del rompecabezas me dañan las manos; ese acertijo me tiene con jaqueca; y aquel videojuego me toma mucho tiempo”.

Entonces fue a ver al segundo chico, y lo encontró totalmente sucio, cubierto de porquería hasta la cabeza. Cuando le preguntó por qué estaba así, el niño le dijo: “Presiento que debajo de toda esta boñiga hay un pony, y lo estoy buscando”.

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Photo Credit: Apallalu Flickr via Compfight cc

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El secreto del camarero…

Con la lección aprendida sobre los obstáculos reales y postizos, Ariadna golpeó el muro con las palmas de las manos hasta derribar una columna de ladrillos. Se había abierto una brecha suficientemente ancha para que pudiera pasar al otro lado, donde para su sorpresa encontró la calle donde había dormido tres días atrás.

Al pasar nuevamente junto al CAFÉ DEL LABERINTO, recordó que el camarero le había prometido explicarle cuál es el sentido de la vida.

Ariadna se sentó en el único taburete vacío junto a la barra y se sorprendió al encontrar ante sí las tres tazas vacías, como la primera vez que había entrado en el café. Eso la convenció de que la estaban esperando.

El camarero confirmó esa certeza al dirigirse hacia ella muy risueño y decir:

-Bueno, ¿qué desea la señora?

-Ya lo sabe: vengo a que me explique cuál es el sentido de la vida.

-Eso haré. Pero no olvide que el sentido de la vida es diferente para cada persona y es usted misma quien debe descubrirlo. Yo sólo puedo contarle lo que he descubierto después de trabajar cuarenta años como camarero.

Ariadna contempló expectante las tres tazas vacías mientras el hombre se ponía bien la armilla antes de iniciar, feliz y sonriente, su explicación:

-He calculado que el contacto de un camarero con cada cliente que pide un café no supera de media un minuto escaso. Es el tiempo que suman el saludo y la pregunta: “¿qué desea tomar?”, lo que te pide el cliente, cuando pones la taza sobre la mesa, la hora de pasar la cuenta y la despedida cuando se marcha. Son muchos momentos diferentes, pero el verdadero contacto entre el camarero y el cliente no supera en conjunto el minuto.

-¿Y qué significa eso?

-¡Significa que es una oportunidad! Independientemente de la calidad del café, que es lo de menos, en ese minuto el camarero tiene ante sí tres opciones o, mejor dicho, tres posibles resultados que dependen de su actitud.

Tras decir eso, el camarero hizo una breve pausa para buscar las palabras más adecuadas. Luego explicó:

-En ese minuto puedes conseguir que la persona se marche peor de lo que ha llegado, si eres grosero. O bien puede irse igual que ha venido, si le tratas con indiferencia. Pero también tienes la oportunidad de que salga del café mejor de lo que ha entrado, si le regalas un poco de amabilidad.

-¿Y eso es todo? -dijo Ariadna sin ocultar su decepción- Pero ¿qué tiene que ver eso con el sentido de la vida?

-¡Este ES justamente el SENTIDO DE LA VIDA!, y no sólo para los camareros. Todos tenemos cada día decenas de pequeños y grandes contactos con los demás. Nuestro reto es conseguir el tercer resultado: que su vida sea un poco mejor después de estar con nosotros. ¡Ese es el desafío, el premio gordo de cada encuentro!

Al escuchar esto, Ariadna se quedó muy pensativa. El camarero entonces le guiñó el ojo y se despidió así:

-Y ahora debo irme: tenemos muchas vidas que mejorar.

Álex Rovira

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Soy y no soy…

Estupendo post del Blog de Paz Castelló...

Aunque soy fuerte, no estoy hecho de roca, porque cuando alguien me lanzó al agua para intentar hundirme, solo toqué el fondo para impulsarme.

Aunque a veces soy débil, no estoy hecho de polvo, porque cuando alguien sopló para deshacerme, me convertí en parte del viento.

Ser raíz que fija al suelo la solidez de mi tronco pero castra mis alas y me impide el vuelo.

Ser alas que acaricien el cielo a merced de un soplido que me devuelva al suelo.

Y a veces soy lo que no soy y termino siendo lo que evito.

Buscando fuera lo que está dentro, mirando dentro sin ser visto.

Aunque soy libre, no estoy hecho sin fronteras, porque cuando alguien quiso marcarme el camino, dibujé la línea que separa el antes, el después y el nunca más ocurrirá esto.

Aunque soy esclavo, no estoy hecho de cadenas, porque cuando alguien me atrapó lo hizo con leyes escritas con los ojos y la punta de los dedos abrasándome la piel.

Ser veloz y decidir quedarte quieto para admirar el cadencioso movimiento de las nubes.

Correr y no conseguir escapar porque el enemigo vuela.

Y a veces soy lo que no soy y termino siendo lo que evito.

Buscando fuera lo que está dentro, mirando dentro sin ser visto.

Y mientras tanto la vida pasa, y las certezas imperturbables, como anclas en el puerto, coleccionan dudas y miedos con los que juegan al póker alrededor del tiempo.

Paz Castelló

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Gana el amor…

Una tarde me quejo de la confusión propia de mi edad, de la oposición entre lo que se espera de mí y lo que quiero yo mismo.

–¿Te he hablado de la tensión de los opuestos? –me pregunta–.

–¿La tensión de los opuestos?

–La vida es una serie de tirones hacia atrás y hacia delante. Quieres hacer una cosa pero estas obligado a hacer otra diferente. Algo te hace daño, pero tú sabes que no debería hacértelo. Das por supuestas ciertas cosas aunque sabes que no deberías dar nada por supuesto.

Es una tensión de opuestos, como una goma elástica estirada. Y la mayoría de nosotros vive en un punto intermedio.

–Algo parecido a un combate de lucha libre –le digo–.

–Un combate de lucha libre–dice, riéndose–. Sí, la vida podría describirse así.

–¿Qué bando gana entonces? Le pregunto.

–¿Que qué bando gana?

Me sonrie, con sus ojos llenos de arrugas, con sus dientes torcidos.

–Gana el amor. El amor gana siempre.

Fragmento  de “Martes con mi viejo profesor”, de Mitch Albom.

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