Archivo de la categoría: Cuentos

La cebolla sonriente…

La cebolla no paraba de sonreir, ni siquiera mientras la apuñalaba y la cortaba a juliana. Estuve una tarde sin parar de llorar. Al principio por el jugo que me saltaba a los ojos, luego por todo lo que dije, después por todo lo que callé.

Día tras día, verdulería tras verdulería, supermercados y badulakes. No encuentro, no hay más cebollas sonrientes.

Mira que lloré y lo a poco que me supo. Necesitaría diez cebollas sonrientes más para llorar todo lo que me falta, todo lo que me sobra, todas las espaldas que no acaricié, todos los sitios a los que no fui, todas las veces que aparté la mirada, todos los cuentos que ya no escribo.

Diago Lezaun

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La manzana perfecta…

Apenas había concluido Nasruddin su alocución cuando un bromista de entre los asistentes le dijo: «En lugar de tejer teorías espirituales, ¿por qué no nos muestras algo práctico?».

El pobre Nasruddin quedó absolutamente perplejo. «¿Qué clase de cosa práctica quieres que te muestre?», le preguntó. Satisfecho de haber mortificado al mullah y de causar impresión a los presentes,

el bromista dijo: «Muéstranos, por ejemplo, una manzana del jardín del Edén».

Nasruddin tomó inmediatamente una manzana y se la presentó al individuo. «Pero esta manzana», dijo éste, «está mala por un lado. Seguramente una manzana celestial debería ser perfecta».

«Es verdad. Una manzana celestial debería ser perfecta», dijo el mullah. «Pero, dadas tus reales posibilidades, esto es lo más parecido que jamás podrás tener a una manzana celestial».

¿Puede un hombre esperar ver una manzana perfecta con una mirada imperfecta?

¿O detectar la bondad en los demás cuando su propio corazón es egoísta?

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Las apariencias engañan…

Una caravana de ricos y orgullosos mercaderes cruzaba el desierto cuando un anciano subido en un asno y acompañado por dos mulas de carga solicitó unirse al grupo.

Mientras el jefe de la caravana discutía con él esta posibilidad, algunos de los mercaderes se oponían: no tenía aspecto próspero y no parecía suficientemente fuerte para llevar armas en un entorno que sabían infestado de bandidos.

Decía ser cocinero y estar “protegido” por tanto su participación en la caravana sólo podía ser positiva. Finalmente fue aceptado en el grupo y  le permitieron que los siguiera de lejos.

Cuando la caravana se adentró en la parte más yerma del desierto fue atacada por una banda de salteadores muy bien organizada. Encerrados los mercaderes y cuando el cabecilla preparaba junto a sus hombres el reparto del botín, se dieron cuenta de que habían pasado al cocinero por alto. Este estaba extendiendo una larga tela blanca en el suelo y había esparcido sobre ella empanadas de aspecto delicioso.

Cuando le hicieron notar que era un prisionero les respondió que prisionero o no, la gente tenía que comer y él era un cocinero. Los bandidos lo apartaron con violencia y se comieron todas las empanadas. Al cabo de media hora, drogados por algo que contenía la comida dormían profundamente…

Entonces el cocinero liberó a los prisioneros y los bandidos fueron apresados y entregados a las autoridades. De esta manera la persona con menos aspecto de liberador se convirtió en el medio de la salvación de la caravana.

Historia sufí. El Yo dominante, Idries Shah.

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Photo Credit: Danakil (Etiopía) via Compfight cc

FUENTE: Plano Sin Fin

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También llueve delante…

Un hombre caminaba lentamente bajo una intensa lluvia.

Un transeúnte apresurado y protegido con un paraguas lo ve, se detiene ante él y le pregunta:

—¿Por qué no caminas más aprisa?

—También llueve delante —contestó el hombre.

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Photo Credit: Lola Tejada via Compfight cc

Entonces me llevo el otro…

Vamos al mercado, y es cierto lo que se dice de los árabes, que son unos comerciantes natos; les gusta regatear los precios.

También a mí me gusta.

Y digo:

-¿Cuánto cuestan estos dos cojines de seda?

-Cien dólares.

-Humm… ¿y uno?

-Sesenta-

-Humm… entonces me llevo el otro.

Daniel Luttanazzi

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Photo Credit: beruta via Compfight cc

El tesoro de la sombra…

Estaba en un desierto.

Miró a la derecha y un árbol surgió a su izquierda.

Giró la cabeza hacia la izquierda; el árbol desapareció para crecer a su derecha.

Ojeó hacia atrás, el árbol apareció delante.

Atisbó hacia delante, el árbol brotó atrás.

Cerró los ojos para ver si lo llevaba dentro.

Se convirtió en ese árbol.

Alejandro Jodorowsky

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Photo Credit: thierry llansades via Compfight cc

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El pequeño caracol…

Aquel pequeño caracol emprendió la ascensión a un cerezo en un desapacible día de finales de primavera.

Al verlo, los gorriones de un árbol cercano estallaron en carcajadas:
— ¿No sabes que no hay cerezas en esta época del año?

El caracol, sin detenerse, replicó:
— No importa. Ya las habrá cuando llegue arriba.

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Photo Credit: Jcarlosbulas via Compfight cc

Cómo arreglar el mundo…

Un científico vivía preocupado por los problemas del mundo. Pero pasaban los años y no encontraba la solución.

Cierto día, su hijo de siete años invadió su laboratorio decidido a ayudarle a trabajar. Y ante la imposibilidad de sacarlo de ahí, el científico arrancó una página de una revista en la que aparecía una imagen del mundo y la recortó a modo de puzle en decenas de pedazos. “Mira, hijo, aquí tienes el mundo todo roto. El juego consiste en que lo recompongas de nuevo”.

El científico calculó que por lo menos tardaría un par de días. Sin embargo, sólo unas horas después oyó la voz de su hijo entusiasmado: “¡Papá, ya está arreglado!”

Completamente estupefacto comprobó que todos los pedazos estaban en su sitio exacto. “¿Cómo es posible que lo hayas terminado tan rápido?” El niño le contestó: “Cuando arrancaste el papel de la revista para recortarlo, me fijé que en el otro lado de la hoja aparecía la figura de un hombre. Y cuando me dijiste que arreglara el mundo, lo intenté, pero no supe. Entonces di la vuelta a los pedazos de papel y empecé por arreglar al hombre, que sí sabía cómo era. Y una vez que conseguí arreglar al hombre, le di nuevamente la vuelta a la hoja y ¡encontré que había arreglado el mundo!”.

Moraleja: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo” (Gandhi)

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FUENTE: PSINERGIA

El niño y el perrito…

El dueño de una tienda estaba colocando un anuncio en la puerta que leía:

“Cachorritos en venta”.

Esa clase de anuncios siempre atraen a los niños, y pronto un niñito apareció en la tienda preguntando:

– “¿Cuál es el precio de los perritos?”

El dueño contesto: “Entre 30 y 50€”. El niñito metió la mano en su bolsillo y sacó unas monedas:

– “Sólo tengo 2.37€… ¿puedo verlos?”.

El hombre sonrió y silbó. De la trastienda salió su perra corriendo seguida por cinco perritos. Uno de los perritos estaba quedándose considerablemente atrás.

El niñito inmediatamente señaló al perrito rezagado que renqueaba.

“¿Qué le pasa a ese perrito?”, preguntó.

El hombre le explicó que cuando el perrito nació, el veterinario le dijo que tenía una cadera defectuosa y que renquearía por el resto de su vida.

El niñito se emocionó mucho y exclamó:

– ¡Ese es el perrito que yo quiero comprar!”.

Y el hombre replicó:

– “No, tú no vas a comprar ese cachorro, si tú realmente lo quieres, yo te lo regalo”.

Y el niñito se disgustó, y mirando directo a los ojos del hombre le dijo:

– “Yo no quiero que usted me lo regale. Él vale tanto como los otros perritos y yo le pagaré el precio completo. De hecho, le voy a dar mis 2,37€ ahora y 50 céntimos cada mes, hasta que lo haya pagado completo”.

El hombre contestó:

– “Tú en verdad no deberías comprar ese perrito, hijo. Él nunca será capaz de correr, saltar y jugar como los otros perritos”.

El niñito se agachó y se levantó la pernera de su pantalón para mostrar su pierna izquierda, cruelmente retorcida e inutilizada, soportada por un gran aparato de metal. Miró de nuevo al hombre y le dijo:

– “Bueno, yo no puedo correr muy bien tampoco… y el perrito necesitará a alguien que lo comprenda”.

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No se han podido llevar la música…

Se dice que era un mago del arpa. En la llanura de Colombia no había ninguna fiesta sin él. Para que la fiesta fuese fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí con sus dedos bailadores que alegraban los aires y alborotaban las piernas.

Una noche, en un sendero perdido, fue asaltado por unos ladrones. Iba Mesé Figueredo de camino a unas bodas, él encima de una mula, encima de la otra su arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a palos.

A la mañana siguiente, alguien lo encontró. Estaba tendido en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo con un hilo de voz:
– “Se llevaron las mulas.”

Y dijo también:

– “Se llevaron el arpa.”

Y, tomando aliento, rió:

– “¡Pero no se han podido llevar la música!”

Eduardo Galeano

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