LA FELICIDAD NO ES UN OBJETIVO, ES UNA CONSECUENCIA…

Decía Eleanor Roosevelt que “La felicidad no es un objetivo, es una consecuencia”. Ya los filósofos griegos antiguos consideraron dos perspectivas de la felicidad que sigue vigente en la actualidad. Hay una camino para alcanzar la felicidad basada en el placer y el disfrute, una vida que se componga de emociones positivas y de vivir con menos dolor y mas placer.  Hay un segundo camino que toma como base el sentido y el propósito, una felicidad que emana de vivir en coherencia con nuestros valores personales y con desarrollar nuestro potencial interior.

Si hay algo que no cambia en la vida es, paradójicamente, que es una corriente de cambio continuo de experiencias placenteras, desagradables y neutras. A veces alcanzamos nuestros objetivos, y la felicidad viene por añadidura, pero a veces no los alcanzamos. En este sentido, la felicidad proviene de saber mantener el equilibrio interior, de mantener la serenidad en todo momento y de tener la conciencia tranquila a pesar de las condiciones cambiantes. La línea de actuación del pensamiento positivo se orienta a mejorar la actitud frente a los cambios, frente a la adversidad y frente a los logros, cambiar la forma de afrontar la vida y reprogramar el subconsciente hacia un estado más beneficioso y constructivo. No podemos cambiar lo que viene del exterior, el mundo, los problemas, las personas, la sociedad, pero sí podemos cambiar nuestra vivencia de ello. Para que la realidad personal cambie, el primer paso comienza por un cambio en la persona. Cuando tenemos conflictos, tendemos a creer que, para que nuestra vida funcione bien, estemos felices y serenos, en los conflictos que vivimos, son los demás los que deben cambiar, o los problemas desaparecer. Delegamos nuestra felicidad y nuestro bienestar en otros, desempoderándonos. Posponemos nuestro “bienestar” al momento en que los problemas desaparezcan. El objetivo está en invertir ese modo de actuar. Para que cambie nuestra realidad, el primer paso lo debemos dar nosotros.

Es el momento de cambiar el pensamiento a positivo a través de la creación de unos hábitos en la forma de pensar, de percibir, de valorar nuestra vida, entorno y a nosotros mismos. La realización de pequeños ejercicios que debemos aplicar en nuestra vida cotidiana para reprogramar nuestro subconsciente de forma gradual y la perseverancia en el tiempo es la base sobre la que el pensamiento positivo actúa.

Estar centrado en el momento en el que se está viviendo, no estar atento al pasado echándolo de menos o culpándolo de nuestra situación, ni centrado en el futuro, temiendo o intentando controlar lo que pueda suceder. Al menos al principio, este cambio supone un ejercicio de voluntad. Aceptar la experiencia presente, sin juzgar, criticar o estar a disgusto. Aceptación que nada tiene que ver con resignación o pasividad, sino con apertura, curiosidad no crítica ante cada experiencia.

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FUENTE: Lo mejor de mí

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