Aprender, desaprender, para volver a aprender…

Si un recipiente no se vacía, no puede volver a llenarse. Si la ola parte es para que otra pueda venir. Algo hay que soltar para algo poder asir. Para seguir aprendiendo mucho hay que desaprender. Si estamos atiborrados, nada nuevo puede florecer. Si las ventanas de una habitación no se abren, la atmósfera se enrarece.

Nada hay más encadenante que los hábitos psíquicos ni más condicionante que los viejos patrones. Soy un eterno aprendiz, como confieso en mi relato espiritual “El Faquir”. Un aprendiz motivado pero torpe, cayéndose y levantándose en la larga marcha de la autorrealización.

Mucho que aprender, más que desaprender para poder seguir aprendiendo a la luz de la consciencia. Si uno no está en el intento por conocerse, desarrollarse, mejorar en algo su calidad de vida interna, el proceso de aprendizaje se detiene. En algunos, a los veinte años; en otros, a los treinta o cuarenta; solo en muy pocos prosigue.

Sí, soy un eterno aprendiz, intentando ir hasta donde pueda llegar, con grietas en el alma, pero con el ánimo remotivado. ¡Qué lento puede ser el aprendizaje existencial! Pero como tengo un hondo convencimiento de que un ser humano puede mejorar, hacerse más libre y consciente, no abandono la batalla contra la somnolencia psíquica y sigo en los torpes pero continuados intentos por estar más despierto.

Cuando le preguntaron a un maestro zen moribundo sobre su vida, declaró: “Error tras error”. Lo esencial es si de esos errores aprendemos y de si tratamos de vivir una vida más noble, cooperante, lúcida y meditativa. Es muy necesario tener amigos espirituales que nos hagan ver nuestros  fallos. Como dijo Buda, no es un amigo el que solo te halaga, sino el que te indica tus fallos para superarlos. Y como él aseverase también: “No sólo las tres cuartas parte de la vida deben ser la amistad, sino que las cuatro cuartas partes de la vida deben ser la amistad“.  Sí, al menos creo haber aprendido en cincuenta años que la amistad es el mayor torrente de inspiración. Y que cuanto más humildes de verdad (no simuladamente) seamos, más aceptaremos a nuestros amigos y más nos aceptarán ellos, y entonces es cuando surge el maravilloso e indestructible vínculo de la AMISTAD.

Ramiro Calle

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