PERDER EL MIEDO A LA SOLEDAD…

En la provincia de Bihar, en India, vivía un viudo llamado Kumar con su amado hijo Samu.Cuando la hermana de Kumar contrajo una rara enfermedad infecciosa, éste decidió ir a visitarla. Había cierto peligro de contagio, así que Kumar dejó solo a Samu, que ya tenía 11 años y sabía hacerlo todo en casa.

Pero en ausencia de Kumar, unos bandoleros entraron en la vivienda y robaron todo lo que había de valor. Y no sólo eso; para no dejar testigos, decidieron raptar a Samu e incendiar la casa.

El regreso de Kumar no pudo ser más doloroso. En cuanto llegó y vio la casa calcinada, el terror seapoderó de su mente y corrió a buscar el rastro de su hijo. En un rincón, encontró unos huesos quemados y dedujo que debían de ser los restos del pequeño Samu. Con el corazón roto, tomó delicadamente los huesos y cenizas que había debajo y los metió en una bolsa de terciopelo.

Pero al cabo de unos meses, el pequeño Samu consiguió escapar de los bandidos y viajó de vuelta a su pueblo. Una vez allí, buscó la nueva casa de su padre y llamó insistentemente a la puerta.

— ¿Quién llama? — preguntó el padre sin ganas de ver a nadie.

— Soy Samu, ábreme — contestó el niño.

Kumar estaba muy deprimido y sólo le alcanzaron las fuerzas para coger su saco con los restos de su hijo y decir:

— Tú no eres mi hijo. A él lo tengo yo en mis brazos ahora mismo.

— ¿Qué dices, padre? ¿Te has vuelto loco? Soy Samu, tu hijo — dijo el chico, empezando a pensar que quizá se trataba de otro hombre y no de Kumar.

— Vete, bandido. Si abro la puerta será para quitarte la vida. No nos molestes más a mí y a mi pobre
hijo — gritó el padre.

Finalmente, Samu se dio por vencido y salió del pueblo convencido de que allí no sería nunca más bien recibido. Kumar, por su parte, siguió abrazando su saco de huesos hasta el día de su muerte.

Esta clásica historia oriental pretende ilustrar cómo, a veces, nos aferramos a ideas falsas que nos traen, invariablemente, la desdicha. Si nos atreviésemos a explorar otras propuestas, cambiaría por completo nuestra percepción de muchos de nuestros miedos o amenazas inventadas. El temor a la soledad o al aburrimiento son dos ejemplos de ello. Si cambiamos nuestra forma de entender estas dos emociones, de repente, el miedo a la soledad o al aburrimiento se desvanece por completo.

Extracto del libro “El Arte de no amargarse la vida”.

Rafael Santandreu

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Photo Credit: Koke. via Compfight cc

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