Una casa con un millón de puertas…

Nos movemos en dos realidades: la externa, con sus circunstancias y situaciones (favorables o desfavorables) y la mental. En la vida diaria se presentan todo tipo de contratiempos y dificultades. A veces de escasa importancia y otros graves. Es inevitable. No hay vida sin problemas y de ahí que el antiguo adagio rece: “La vida se encarga de desbaratarlo todo”.

Pero el problema más cercano a todos nosotros es nuestra propia mente, que añade complicaciones a las complicaciones, crea dificultades imaginarias cuando no las hay reales, añade neciamente sufrimiento al sufrimiento y se alimenta de tendencias insanas (ofuscación, avaricia, odio), conflictos y tensiones. Esta mente es el mayor problema.

Acarrea frustraciones, miedos aprendidos, traumas, complejos, inseguridad y angustia. Es la mente vieja que se nos impone con toda su confusión y complica aún más el momento presente, agregando su problema mismo a los problemas que se van presentando.

Esta es la mente que ha demostrado su insuficiencia para mejorar las cosas en el mundo, que compite, somete, denigra, explota y crea todo tipo de injusticias. Es la mente que hay que cambiar. Cuando un discípulo se quejó a su mentor de su mente, éste le dijo: “Si tu mente no te gusta, ¡cámbiala!”.
A lo largo de la historia de la humanidad ha habido una gran cantidad de profetas, maestros espirituales, guías religiosos, todo tipo de religiones y filosofías, reformadores sociales, revolucionarios… pero nada ha cambiado. ¿Por qué? Porque no hemos cambiado la mente del ser humano y su enorme confusión. Está anegada por una ignorancia básica que conduce a la ceguera; por una consciencia embotada que origina ofuscación sobre la ofuscación. Y como de la mente surgen todos los estados y al final la mente es el mundo, se perpetúa el sufrimiento que ese tipo de mente se causa a sí misma y a las otras criaturas.

Si una mente así ha evidenciado hasta la saciedad que es incompetente, ¿por qué no cambiar la mente y las actitudes? Es lo que urge. El problema (la mente) no puede solucionar los problemas, porque es como querer lavar manchas de tinta con tinta o elevarse uno en el aire tirando de los cordones de los propios zapatos. Hay un cuento magnífico en este sentido.

Se trata de una localidad en la que nunca se ha cometido ningún delito y no hay policía. Pero un día se produce el primer robo y entonces el alcalde en un bando comunica que quien lo desée se presente al cargo de policía. El que lo hace es el ladrón y es obvio que el ladrón-policía no va a detenerse a sí mismo.

Los primeros yoguis ya se dieron cuenta de la necesidad especifica de cambiar la mente, conociéndola, saneándola, logrando dejar fuera de la misma las tendencias nocivas, las discapacidades y conflictos. Como la serpiente muda su piel, hay que cambiar de mente y por tanto de actitud y proceder. Es lo que pretenden la meditación y el trabajo interior.
La mente vieja y problemática es egocéntrica. Está aprisionada en sus propios patrones coagulados, sus puntos de vista fosilizados, su torpeza y falta de visión clara, lucidez y compasión. No es de fiar, no es una buen compañera. Las creencias, las pautas, los viejos modelos no cambian la mente, sino que la anquilosan y le roban su frescura y su proceder sano. Se requiere la experiencia que modifica el eje de la mente y le permite otra manera de ver y ser. Las enseñanzas y los métodos nos vienen de muy antaño, pero no son para ser estudiados, sino realizados. Cada uno hereda de su mente aquello que en su mente cosecha. Si la mente no cambia, seguirá siendo un timo, un fraude, “una casa con un millón de puertas” (Kabir).

Ramiro Calle

Ramiro_Calle_Casa

FUENTE: ESPACIO HUMANO

 

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