Impulso a la transformación…

Cualquier tarea, por inmensa, imposible que parezca, podemos comenzarla, aunque no creamos que algún día la terminaremos.

Un día me dije: “Si me es imposible cambiar al mundo, por lo menos puedo comenzar a cambiarlo”. Cualquier tarea, por inmensa, imposible que parezca, podemos comenzarla, aunque no creamos que algún día la terminaremos. Es imposible crear un árbol, pero se puede plantar una semilla. Otros seres, otros acontecimientos, se encargarán de hacerla crecer… La inmensa, al parecer insuperable montaña actual, es el dinero. La casi totalidad de los seres humanos, tienen como meta acumular un capital. Ya no es ni la filosofía, ni la religión, ni la política la que dirige nuestras vidas: es la industria. Sumergidos en el terror económico, vivimos con miedo a perder, consumiendo y compitiendo, vendiéndonos, trabajando en lo que odiamos, creyendo que lo que produce muchos billetes es admirable. Las iglesias han convertido la Santa Trinidad en trillones, la medicina es comercio, los usureros endiosan a la bolsa, los banqueros blanquean el usufructo de los traficantes de drogas, los políticos son marionetas de los grupos económicos, la sociedad se basa en estafas legales, el dólar ha substituido a los valores espirituales.

Nuestro atroz sistema monetario, por estar asesinando al planeta, debe ser cambiado. No todas las actividades deben estar regidas por la ambición monetaria. Mi cucharita de porcelana es realizar trabajos de sanación en forma gratuita, por lo menos una vez a la semana. Los miércoles leo el Tarot gratis durante tres horas y doy consejos de psicomagia. Todos los días escribo para Plano sin fin -antiguo Plano Creativo- y Twitter, tratando de dar lo mejor de mí mismo, sembrando conciencia. Cuando realizo actividades pagadas, dedico un 10% para ayudar a quien o a lo que se sea. “Pequeños actos de bondad realizados bajo la indiferencia de un dios (de una sociedad) que no distingue el bien del mal ni la luz de su sombra.”

Cuento de la cucharita de porcelana.

En un lugar de oriente, había una montaña muy alta que con su sombra tapaba una aldea y los niños crecían raquíticos. Una vez un viejo, el más viejo de todos, salió de la aldea con una de esas cucharitas chinas de porcelana en la mano.

Los vecinos le dijeron: – ¿Adónde vas, viejito?

– Voy a la montaña. Respondió.

– ¿Y a qué vas?

– Voy a mover la montaña.

– ¿Y con qué las vas a mover?

– Con esta cucharita.

– Jajaja, nunca podrás.

– Sí, nunca podré, pero alguien tiene que comenzar a hacerlo.

Alejandro Jodorowsky

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