Acabar con las excusas…

Hacerse vegetariano, cultivar un huerto, aprender ruso, salir a correr: en septiembre, con la vuelta al cole, quien más quien menos retoma viejos proyectos, o emprende nuevas aventuras. Pero al igual que ocurre con los propósitos de Año Nuevo, que tantas veces se quedan en agua de borrajas, las excusas de siempre suelen estar al acecho para frenar estos empeños de transformación. Los cambios son una amenaza para el ego, que ve cómo peligra su territorio. Lo cuenta muy bien Leo Babauta, el autor de ZenHabits que, con seis hijos a cuestas, se las apaña para hacer de su capa un sayo (o eso dice). Esta es una versión inspirada en la de Babauta de las principales excusas que ponemos para sabotear nuestras mejores intenciones:

No soy capaz. Cuando algo cuesta, es fácil caer en la tentación de pensar que no podemos con ello. Dejamos entonces de creer en nosotros mismos. Una manera de sobreponerse, siempre que se trate de algo factible, por supuesto (concertista profesional ya lo seré en otra vida) es traer a la mente el ejemplo de otras personas con características parecidas a las nuestras que sí lo consiguieron. “Claro, ella pudo dejar su trabajo porque no tenía hijos”, dice esa vocecita por dentro. Pero casi siempre hay alguien por ahí que, con peores condiciones que nosotros, dio ese paso adelante. El mundo (o Facebook, sin ir más lejos) está lleno de personas que realizaron grandes hazañas: comenzaron a correr maratones a los 60 años, escalaron montañas con una sola pierna, dejaron de fumar de un día para otro.

Necesito mi _______  (rellenar el espacio en blanco). Hace poco decidí que me vendría bien hacer más deporte aeróbico y, concretamente, salir a correr. Entre este nuevo hábito y yo, no obstante, se interpusieron mis viejas zapatillas de deporte. La vocecita se apresuró a amontonar pretextos: ¿No corro el riesgo de hacerme daño en las rodillas? ¿No sería mejor esperar a tener otras nuevas? ¿Seguro que de verdad quiero salir a correr? Y así resulta que todavía no he ido a hacer footing ni un solo día. Esta excusa también funciona a lo grande. Si uno se convence de que para estar bien en esta vida necesita cambiar de coche cada año, como quien dice, difícilmente podrá dar el salto hacia otro empleo con más potencial de satisfacción personal pero menos ingresos.

La vida es para disfrutarla. Con este pretexto se justifican todo tipo de conductas malsanas. “Disfruta de la vida, hija, cómete tres bolas de helado/la hamburguesa gigante/ la mega bolsa de gusanitos”. Pero resulta que puedes disfrutar mucho más de la vida sin comer o beber productos insanos, o incurrir en otras conductas dañinas –cada uno tiene sus favoritas– que proporcionan satisfacción durante unos momentos para después contribuir a nuestro malestar.

Necesito comodidad. Reconozco estar muy mimada. Si todo el mundo se pasase en la ducha el mismo tiempo que yo, los pantanos no tardarían en secarse. Lo cierto es que una de las ventajas de perder la comodidad es que se aprecian mucho mejor las condiciones de confort una vez se recuperan. Y, a menudo, lo que se deja de hacer por miedo a estar incómodo es justamente lo que uno precisa.

No sé cómo hacerlo. Al aventurarte a montar muebles de Ikea (¿quién dijo que es fácil?)  o hacer tu página web no sólo completas esa tarea. También te llevas una lección de paciencia, utilización de recursos propios, etc.

Puedo hacerlo más tarde.  Cierto, pero ¿acaso te sentirás de otra forma más tarde? ¿Por qué vas a ser diferente  después? De hecho, es posible que si te permites a ti mismo deslizarte por la pendiente del “más tarde”, estés alimentando el hábito de procrastinar.

Una sola vez no hace daño. Tentador. Sin embargo, los dos o tres meditadores más honestos que conozco, eso que han incorporado esta práctica en sus vidas de forma orgánica, explican que no dejan de madrugar un solo día porque corren el riesgo de que esa vez se convierta en dos, o tres, o cuatro. Una sola vez conduce a otra sola vez.

No me apetece. Y punto, podríamos agregar, en una extensión del anterior “una sola vez”. Pero seguimos esta máxima y nos dejamos guiar por nuestros estados de ánimo fluctuantes y caprichosos quizá nunca lleguemos a construir nada de valor.

Estoy cansado. Hay un momento para descansar, y es necesario parar y reponerse. Es importante, no obstante, diferenciar el cansancio del cuerpo (que no engaña) con el “no me apetece” o con toda la retahíla de excusas anteriores.

El resultado no es tan importante. Totalmente de acuerdo, pero esto no debería convertirse en un pretexto para dejar de intentarlo. Este era mi argumento favorito cuando tomaba clases de chino, tarea de héroes. Es fácil observar cómo esta excusa se cuela en muchos aspectos de la vida y lleva a que muchos comencemos una cosa tras otra sin decantarnos, de verdad, por ninguna. El resultado puede que no sea tan importante, pero el proceso sí lo es, y también aprender a continuar con lo que te has propuesto incluso cuando no te sientes cómodo/ no te apetece/estás cansado.

Tengo miedo. ¿Y quién no? El sabio consejo de Alicia en el país de las maravillas (piensa en seis cosas imposibles antes del desayuno) nos ayuda a hacernos más valientes y relativizar los retos que nos agobien, que es de lo que se trata.

Salvo que seas verde y tengas tres ojos y antenas, habrás utilizado estas excusas millones de veces. No pasa nada. Pero ser más consciente del poder de la vocecita para arrastrarnos por estos y otros recovecos para esquivar lo que de verdad nos conviene nos ayuda a conocernos mejor y actuar en consecuencia.

Natalia Martín Cantero

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