¿Dónde pones la sal de tu vida?…

Un maestro del envejecimiento se había cansado de las quejas de su aprendiz.

Una mañana, lo envió a conseguir un poco de sal. Cuando el aprendiz regresó, el maestro le pidió que mezclara un puñado de sal en un vaso de agua y después bebiera agua del vaso.

-¿A qué sabe?- preguntó el maestro.

-Repulsivamente salada- contestó el aprendiz.

El maestro sonrió e invitó a su aprendiz a dar un paseo. Le pidió que llevara un puñado de sal del mismo tamaño del que mezcló en el vaso de agua.

Los dos caminaron en silencio hacia el lago y, una vez allí, el maestro le solicitó al aprendiz que vertiera el puñado de sal en el agua.

-Ahora, bebe agua del lago- le pidió el anciano.

Viendo el maestro como el agua goteaba por la barbilla del joven aprendiz, le preguntó: -¿A qué sabe?

-Deliciosamente refrescante- contestó al aprendiz.

-¿Sentiste la sal?- preguntó el maestro.

-No- dijo el joven.

Ante esto, el maestro se sentó al lado de su joven aprendiz y le explicó:

-El dolor de la vida es pura sal; ni más, ni menos. La cantidad de dolor en la vida sigue siendo exactamente la misma. Sin embargo, la cantidad de sal que probamos depende del recipiente donde ponemos el dolor.

Así que cuando estés sintiendo dolor, la única cosa que puedes hacer es ampliar el sentido de las cosas.

Deja de ser un vaso.

Conviértete en un lago.

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Photo Credit: Paolo Margari via Compfight cc

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