La mosca que vivió en un arcoíris…

Había una vez una mosca que nació libre, alborotadora y aventurera, como todas las moscas del mundo. Consciente de que su vida sería breve, apenas veinticuatro horas de aleteo despreocupado, decidió buscar un lugar bonito en el que  poder vivir.

Primero pensó que estaría bien poder husmear allí donde le apeteciera, jugar divertida a hacer cosquillas a los humanos, o tal vez, por qué no, dejarse mecer por el viento hasta sucumbir a los aromas más suculentos para su olfato.

Pero como el tiempo le era escaso y la aventura incierta, decidió finalmente que lo más sensato era vivir su corta vida tranquila y a salvo, sin demasiados sobresaltos.

Buscó entonces un refugio tras el cristal de una ventana de una casita de campo, donde se colaba la primavera en casa de una familia. No le sobraba el tiempo para planificarlo todo al detalle y esa opción que le presentó el destino, le pareció de lo más acertada. Podría entrar y salir a su antojo, y en el caso de que las cosas se pusieran feas, contaba con un lugar seguro en el que refugiarse.

Pero entonces se desató una terrible tormenta. El viento se enfureció de lo lindo en tan solo un segundo  y agitó con rabia los árboles. Unas luces puntiagudas brotaron de las negras nubes y un ensordecedor estruendo, rasgó el cielo como si fuera a quebrarse en mil pedazos de un momento a otro. La mosca se sintió aliviada por haberse colado en esa casa en el momento justo y estando allí, refugiada en una esquina del frío cristal, uno de los humanos cerró la ventana, dejando a la mosca dentro, feliz por su suerte.

No tardaron ni cinco segundos en precipitarse las gotas de lluvia contra el cristal. Primero eran pequeñas y apenas hacían ruido al estamparse. Simplemente languidecían dibujando curvas en la ventana. Pero pronto se volvieron violentas y gordas, y repiquetearon como si quisieran que le abrieran para entrar.

La mosca se acordó de las otras moscas y se sintió privilegiada por estar al otro lado del cristal. ¡Qué suerte había tenido!

La tormenta de primavera apenas duró unos minutos y el sol, insolente y triunfante, apartó a las nubes para hacerse hueco y dibujar un bello arcoíris en el cielo. A la mosca le pareció que aquel dibujo multicolor era lo más hermoso que nadie podría ver en este mundo y entendió entonces que el propósito de su vida era poder volar hasta él, aunque en ello invirtiera las pocas horas de vida que la naturaleza le había regalado, aunque tuviera que abandonar su refugio y exponerse a las inclemencias e incertidumbres de la naturaleza.

Pero por más que intentó salir no pudo encontrar una rendija por pequeña que esta fuera. Estaba atrapada. La ventana estaba cerrada a cal y canto y lo que antes había sido su refugio, se había tornado ahora en su cárcel. Incluso tomó impulso en varias ocasiones e intentó traspasar el cristal, pero sólo le sirvió para golpearse contra él sonoramente, una y otra vez, sin conseguir más que un fuerte y terrible dolor de cabeza.

La resignación se apoderó de ella. Estaba abatida. Porque, aunque la gente lo desconoce, las moscas también tienen sentimientos. Mientras el arcoíris seguía dibujado en el cielo, las horas pasaban y la mosca no podía hacer otra cosa más que contemplarlo a través de un cristal, pasando de puntillas de un color a otro, del rojo al amarillo y del verde al añil, mientras la vida le descontaba minutos en el reloj. Y así pasó varias horas de su corta existencia, hasta que se dejó vencer por la desolación.

Cerró los ojos e imaginó que nunca había entrado por esa ventana en busca de una vida tranquila y segura. Imaginó que el cristal que la protegía de los peligros del exterior no existía y que realmente ella vivía, posada en el color azul de su precioso arcoíris. Cerró los ojos y se creyó su mentira como si fuera una verdad. Decidió que esperaría a la muerte, pensando que había sido la mosca que había vivido en un arcoíris.

Aleteó con fuerza las alas y se las peinó con mimo pasando sus patas por ellas, una y otra vez. Pero el aleteo alertó al gato de la familia que agazapado detrás del sofá, esperó el momento oportuno para merendarse a la mosca que fingió vivir en el arcoíris, por miedo a que le mojara la lluvia y la meciera el viento.

Entonces el arcoíris se difuminó hasta desaparecer y el gato se lamió y relamió de gusto antes de echarse una siesta en el sofá. Los pájaros volvieron a cantar y las mariposas volvieron a buscar flores en el campo sobre las que posarse. La ventana volvió a abrirse, pero la mosca ya no estaba al otro lado del cristal para echar a volar.

Moraleja: No sabes lo corta que puede llegar a ser tu vida como para que no vayas en busca de tu arcoíris. Deja que la vida te moje con sus tormentas porque sin ellas, no existirían los arcoíris.

PAZ CASTELLÓ

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