La fuerza del ermitaño…

La actualidad está caracterizada por un vaivén que nos impide estar en sosiego. Hoy se han multiplicado los padecimientos derivados de la ansiedad por poseer todo, aunque no sepamos a bien de qué se trate ni para qué lo necesitamos.

La celeridad del día a día por contraste nos ha desvelado la valía de lo que en otros tiempos era común disfrutar: los nutrientes del silencio, el regocijo de la soledad y la calidez del aislamiento.

Está documentada la admiración que los antiguos profesaban por los ermitaños o eremitas, aquellos seres que por voluntad propia habían elegido vivir alejados de los demás.

Las palabras de un ermitaño eran invaluables porque permitían entender la naturaleza humana desde una dimensión poco accesible.

Hay un punto común en las enseñanzas de los ermitaños: el silencio no es ausencia de ruido, el silencio permite librar a nuestro profundo Ser de los incesantes intentos del pensamiento por distraerle de su verdadera naturaleza. Si aún los pensamientos distraen a nuestro Ser, entonces no basta la soledad para experimentar el valor del silencio y de la nada.

En atención a lo anterior veamos este cuento sufí:

En la corte real tuvo lugar un fastuoso banquete. Todo se había dispuesto de tal manera que cada persona se sentaba a la mesa de acuerdo con su rango. Todavía no había llegado el monarca al banquete, cuando apareció un ermitaño muy pobremente vestido y al que todos tomaron por un pordiosero. Sin vacilar un instante, el ermitaño se sentó en el lugar de mayor importancia. Este insólito comportamiento indignó al primer ministro, quien, ásperamente, le preguntó:

– ¿Acaso eres un visir?

– Mi rango es superior al de visir -repuso el ermitaño.

– ¿Acaso eres un primer ministro?

– Mi rango es superior al de primer ministro.

Enfurecido, el primer ministro inquirió:

– ¿Acaso eres el mismo rey?

– Mi rango es superior al del rey.

– ¿Acaso eres Dios? -preguntó mordazmente el primer ministro.

– Mi rango es superior al de Dios. Fuera de sí, el primer ministro vociferó:

– ¡Nada es superior a Dios!

Y el ermitaño dijo con mucha calma:

– Ahora sabes mi identidad. Esa nada soy yo.

Vivir haciéndose uno con verdades profundas es algo que no se adquiere por comunicación, no se enseña, ni se aprende como generalmente lo habíamos hecho con todo lo demás.

En las diversas culturas el ermitaño es representado con larga cabellera y barba blanca, con ropajes maltrechos y delgada figura; cualidades que simbolizan la edad adulta y austera como estado en el cual los hombres alcanzan las herramientas del sabio.

Harían bien nuestras instituciones educativas en dejar de centrar su fortaleza en el conocimiento y aprendizaje que proviene de la angustia y el afán de competencia, porque se requieren educadores que provoquen espacios para la gestión de experiencias propias y trascendentes.

Al tratar de abrevar de lo que no es nuestro, tarde o temprano llegan a nosotros vacíos temporalmente inexplicables y a la larga un síndrome de creer que sabemos cuando en realidad no es así.

Regreso al andar del ermitaño. Percibo que con el afán de mantener ocultas las virtudes del silencio, la soledad y el aislamiento, el camino del ermitaño fue presentado como un trayecto de suplicios e inalcanzable, pero no es así; en la sendera del eremita también hay alegría que emana de la paz.

La fortaleza del ermitaño está ahí y debe ser descifrada para recuperar la serenidad que nos fue arrebatada.

Abel Pérez Rojas

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Photo Credit: Little Sadie via Compfight cc

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