El amor, la gran medicina…

Leo Buscaglia, en su bello libro “Amor. Ser persona” afirma: “A pesar de que el niño no conoce ni comprende la dinámica sutil del amor, siente desde muy temprano una gran necesidad de amar y la falta de amor puede afectar a su crecimiento y desarrollo e incluso provocarle la muerte”. También hoy sabemos que la falta de amor es la causa principal de una buena parte de las enfermedades psicológicas que no paran de ir en aumento en Occidente: desde la angustia, pasando por la depresión, hasta la neurosis e incluso la psicosis nacen, en mayor o menor medida, de esta carencia. Sin el trato amable, no se satisface una necesidad fundamental que nos permite seguir sintiéndonos bien, experimentar la alegría, desarrollarnos: sin amor es más difícil crecer.

Pero yendo más allá, las ideas que Claude Steiner refleja en su libro “Los guiones que vivimos” apuntan a direcciones muy interesantes: “las caricias son imprescindibles para sobrevivir”, concluye este especialista; si no las recibimos, se pone en marcha un mecanismo de supervivencia instintivo que nos lleva a demandarlas —a menudo de manera inconsciente— a cualquier precio. Bajo esta premisa, estamos dispuestos incluso a recibir caricias negativas antes que no recibir ninguna caricia, o parafraseando a Faulkner, preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía. Es a partir de este mecanismo que se pueden comprender determinados comportamientos humanos, que van desde el masoquismo hasta la rebelión gratuita. Por ejemplo, el niño que se rebela reiteradamente y sin motivo objetivoaparente quizás lo que hace es buscar con desesperación la atención de unos padres ausentes. Quizás el pequeño, con su comportamiento agresivo, rebelde, transgresor hace una llamada exasperada a la atención de sus padres para que éstos le marquen un límite o aún mejor, para que estén por él de verdad.

Cuando es positiva, sincera y deseada, la caricia transforma. En el juego amoroso y en la lujuria desatadanos transporta al movimiento, al ardor, al entrelazamiento, al clímax y a la relajación dichosa. En la ternura, nos conmueve y emociona. En la amistad, el abrazo nos une y nos hace cómplices. Incluso la paz y la buena voluntad se manifiestan en el encuentro de dos manos que se enlazan firmemente en el tacto de la caricia. También en el dolor y durante el duelo, el mimo y el abrazo del ser amado hacen soportable la pérdida porque apuntalan el alma herida.

Las caricias abren además la puerta a la conciencia de nuestro cuerpo. ¿Conocemos los matices y el infinito espectro de sensaciones que pueden despertar las caricias del ser amado? ¿Conocemos en detalle la piel de nuestra pareja, del ser querido o deseado con el que nos sumergimos en contacto íntimo? Más bien no. En general,conocemos poco nuestro cuerpo y aún menos el del ser amado. Le dedicamos poco tiempo y atención. En él existe un universo que jamás acabaremos de explorar, porque el tiempo además aporta nuevas dimensiones y sensaciones que matizan y amplían continuamente la experiencia de reconocimiento del cuerpo de la persona amada.

Frente a la comunicación a distancia y a la sobresaturación de estímulos, disponemos de un recurso sumamente económico pero altamente valioso: caricias y tacto; contacto y ternura. Muestras de afecto en el cuerpo a cuerpo en lugar de tanto teléfono móvil, internet, televisión y demás media. Quizás hoy, buena parte de los problemas de salud psicológica y física que estamos viviendo, en una sociedad cada vez más estresada y bulímica, son gritos desesperados de nuestros cuerpos que llevados por una inteligencia arcaica, esencial y profunda reclaman ver satisfecha su necesidad de encuentro íntimo con el otro. Una intimidad que no es solo o necesariamente encuentro sexual, sino que es, ante todo, necesidad de encuentro sincero, de amor. ¿Y si en lugar de atiborrarnos diariamente de banalidades, historias ajenas o pasatiempos de escaso valor emocional e intelectual nos sumergiéramos en los matices de la caricia con aquellos a quienes deseamos expresar nuestro afecto? Sin duda, el mal humor, la depresión, la angustia e incluso la tristeza descenderían drásticamente. “Haz el amor y no la guerra”, rezaba el eslogan pacifista, y no estaría de más retomarlo hoy.

Porque acariciarnos estimula las endorfinas, aquellas hormonas naturales que segregamos y que nos hacen más soportable el dolor amén de aportarnos una profunda sensación de bienestar. Además, sabemos que en caso de crecer y vivir en ausencia de caricias, de contactos afectuosos, de abrazos, nuestros cerebros tenderán a tolerar poco el estrés, la ansiedad y el dolor. Porque cuando hablamos de caricias estamos hablando de algo más que de una cuestión de puro tacto, calor, o sensaciones. Es el significado que acompaña a la caricia, el mensaje de atención y cuidado, el deseo de abrir la puerta al placer, lo que hace que el vello se erice, que el escalofrío surja y que la emoción se despliegue. El tacto acompañado de ternura y afecto, transmite mensajes que requieren mil palabras para ser descodificados. Una caricia puede llegar a ser el único medio para expresar lo innombrable. Su mensaje es sutil y profundo a la vez. Porque la caricia ya habla incluso antes de manifestarse. Está ya presente en su intención. Como lo expresó Mario Benedetti cuando escribió: “Como aventura y enigma/ la caricia empieza antes/ de convertirse en caricia”.

Luego, la invitación a la que llegamos es simple: podemos incluir en el espectro de nuestro lenguaje, con nuestros afectos, el gesto amable, próximo, conciliador y tierno de las caricias. Podemos elegir incluir en nuestro alfabeto comunicativo y en nuestra dieta emocional una saludable dosis de ternura a través de la piel para construir nuestra Buena Vida y la de los que nos rodean. ¿Cómo realizarlo, entonces? ¿Cómo podemos comunicarnos mejor con aquellos a los que amamos? La respuesta, tal cual, está en nuestras manos.

FUENTE: Álex Rovira

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Photo Credit: SwEeTcHy via Compfight cc

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