Renacer, morir, despertar…

Para poder vivir verdaderamente, hay que renacer.

Para renacer primero hay que morir.

Y para morir primero hay que despertar.

Gurdieff

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Blobby…

Poco menos de dos minutos le bastan a la animadora Laura Stewart para contar una historia que en primer lugar parece solo hablar de la vejez y la soledad, pero que a lo largo de su presentación en festivales ha generado diversas respuestas e interpretaciones por quienes miran el corto.

Los protagonistas son una persona de la tercera edad y su curioso compañero representado como una gran masa gris.

Pensar y vivir con sencillez…

Como buen filósofo que era, Sócrates creía que la persona sabia viviría instintivamente de manera frugal. Él mismo ni siquiera llevaba zapatos; sin embargo, una y otra vez cedía al hechizo de la plaza del mercado y solía acudir allí a ver las mercancías que se exhibían.

Cuando un amigo le preguntó la razón, Sócrates le dijo: “Me encanta ir allí y descubrir sin cuántas cosas soy perfectamente feliz.”

La espiritualidad no consiste en saber lo que quieres, sino en comprender lo que no necesitas.

Anthony de Mello

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Photo Credit: the real duluoz via Compfight cc

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Night Lights…

Una gran luna llena sale lentamente creando siluetas. Mas tarde, un cielo estrellado con la via láctea como fondo, nos hace viajar a través de símbolos, paisajes y castillos, que nos recuerdan lo efímero de nuestra vida.

Grabado en el Parque Natural y Geoparque comarca de Molina Alto – Tajo
Descubre como se hizo en fotolanga.es/night-lights-2/

Miguel Angel LangaPlus

 

“La gente feliz no suele consumir”…

Serge Latouche, propone vivir mejor con menos. Profesor emérito de Economía en la Universidad París-Sud, es una de las voces mundiales del llamado movimiento por el decrecimiento.

Nacido en Vannes (Francia) hace 70 años, ante un público que le escuchaba sentado hasta en los pasillos de acceso al salón de actos del Colegio Mayor Larraona de Pamplona, subrayaba ayer noche que el actual ritmo de crecimiento económico mundial es tan insostenible como el deterioro y la falta de recursos en el planeta.

Invitado por el colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera, y bajo el título de su conferencia El decrecimiento, ¿una alternativa al capitalismo? , reclamó que la sociedad establezca una autolimitación de su consumo y de la explotación medioambiental. Desde su punto de vista no se trata de plantear una involución sino acoplar la velocidad de gasto de los recursos naturales con su regeneración.

Especialista en relaciones económicas Norte / Sur, premio europeo Amalfi de sociología y ciencias sociales, su movimiento decrecentista, nacido en los años 70 y extendido en Francia, defiende la sobriedad en la vida y la preservación de los recursos naturales antes de su agotamiento. A su juicio, si el decrecimiento no es controlado “el decrecimiento que ya estamos experimentando” será consecuencia del hundimiento de una forma de capitalismo insostenible, y además será desmesurado y traumático.

Una bomba semántica. Afirma Serge Latouche que el término decrecimiento es un eslogan, “una bomba semántica provocada para contrarrestar la intoxicación del llamado desarrollo sostenible”, una forma de pensamiento, la sostenibilidad, extendida por el economicismo liberal de los años ochenta, y que propicia pagar por todo, “por ejemplo, en el caso del trigo, obliga a pagar por los excedentes, por su almacenamiento y también hay que pagar por destruir los sobrantes”. “Deberíamos hablar de A-crecimiento”, dijo como una invitación hacia la reflexión sobre nuestro estilo de vida, incluso sobre la exhibición de los superfluo y el enriquecimiento desmesurado.

Desde su punto de vista “vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos”, lo cual, afirma, conduce a estados de infelicidad. “Hemos detectado un aumento de suicidios en Francia en niños”, agregó, para aludir más adelante a la concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica mundial. Para el profesor Latouche, “la gente feliz no suele consumir”.

Sus números como economista aseguran que le dan la razón: cada año hay más habitantes en el planeta a la vez que disminuyen los recursos, sin olvidar que consumir significa producir residuos y que el impacto ambiental de un español equivale a 2,2 hectáreas, y que cada año se consumen 15 millones de hectáreas de bosque “esenciales para la vida”. “Y si vivimos a este ritmo es porque África lo permite”, subrayó. Para el profesor Latouche, cual cualquier tipo de escasez, alimentaria o de petróleo, conducirá a la pobreza de la mayoría y al mayor enriquecimiento de las minorías representadas en la grandes compañías petroleras o agroalimentarias.

Trabajar menos y producir de forma inteligente. Tachado por sus detractores de ingenuo, postuló trabajar menos y repartir el empleo, pero trabajar menos para vivir y cultivar más la vida, insistió. Desde un proyecto que calificó como “ecosocialista”, además de consumir menos, la sociedad debería consumir mejor, para lo cual propuso producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta 4.000 camiones a la semana “con tomates de Andalucía cruzándose con tomates holandeses”. Finalizó con una alabanza al estoicismo representado en España por Séneca: “No se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”.

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FUENTE: UAKIX

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El esfuerzo invertido…

Si no sabes nadar y te caes al agua e intentas mantenerte a flote desesperadamente y lleno de angustia, con todo el miedo natural que tienes de no saber nadar, cuanto más te menees y más te sacudas, más te hundirás y más deprisa.

La teoría del esfuerzo invertido consiste sencillamente en relajarte, en pensar que si estás tranquilo y llenas los pulmones de aire, esto te hará flotar y no te ahogarás.

ALAN WATTS

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Photo Credit: Marc Ambros via Compfight cc

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No queremos ser felices…

Al menos, no queremos ser incondicionalmente felices. Queremos otra cosa.

Estamos dispuestos a ser felices siempre y cuando tengamos esto o aquello, estemos al lado de esta persona, o como mínimo, se cumplan algunas condiciones que consideramos imprescindibles. Si nuestra felicidad dependiera de soltar todo, absolutamente todo, quedarnos sin problemas, sin apegos, sin dependencias, sin sensaciones de víctimas o salvadores ¿Cuántos estaríamos dispuestos a ser felices?

Esta es la cuestión que nos plantea Anthony de Mello (Bombay, 1931- Nueva York, 1987), sacerdote jesuita cuyas obras son, en numerosas ocasiones, transcripciones de charlas en las que difundía su particular fusión de tradiciones orientales y occidentales, siempre con el fin de invitar al despertar. En el texto “Despierta” nos propone escuchar desde el corazón para comprender que nosotros mismos somos la felicidad que buscamos.

Para despertar lo primero que hay que comprender es que no queremos despertar. Igual que para ser felices debemos asumir la propia resistencia a la felicidad. Sin embargo, ni para despertar ni para ser felices hay que renunciar a nada. “Cuando usted renuncia a algo, queda atado a esa cosa para siempre. Cuando lucha contra alguna cosa, queda atado a ella para siempre. Mientras luche contra ella, le está dando poder. Le da tanto como el que usa para luchar en contra”.

La única manera de salir de este bucle es trascender: “es mirar a través de la cosa. No renuncie a ella, mire a través de ella. Comprenda su verdadero valor y no tendrá que renunciar a ella; sencillamente, ella caerá de sus manos, pero por supuesto, si no ve eso, si usted está hipnotizado y cree que no será feliz sin esa cosa,  o aquella, o la de más allá, está esclavizado”. Es inútil vivir la renuncia como un sacrificio.

Hay personas que llegan al despertar después de un largo camino de sufrimiento: “A algunos nos despiertan las duras realidades de la vida. Sufrimos tanto que despertamos. Pero los seres humanos tropiezan con la vida una y otra vez. Todavía caminan como sonámbulos”. Este es el camino más común para llegar a una actitud de apertura, de estar dispuestos a descubrir algo nuevo. De Mello, nos dice: “Lo único que puedo hacer es ayudarle a desaprender. De eso se trata el aprendizaje en lo concerniente a la espiritualidad: desaprender, desaprender casi todo lo que nos han enseñado. Una disposición para desaprender, para escuchar”.

Y ¿cómo aprender a escuchar? Observándonos al escuchar. Si escuchamos para comprobar los propios pensamientos podemos percibir las sensaciones físicas frente a las palabras del otro. Cuando oímos palabras con las que estamos de acuerdo nuestras sensaciones serán de paz y de armonía; cuando no estamos de acuerdo serán de rabia, de impaciencia, de perplejidad,…. Y, entonces, asumir que “no queremos nada nuevo, especialmente cuando es perturbador, cuando implica algo nuevo”. Si escuchamos aceptando las palabras del otro sin creerlas, contrastándolas con nuestro propio sistema de creencias, cuestionándolas desde una actitud de apertura estaremos dando el primer paso hacia el despertar.

De Mello nos zarandea cuando nos dice que “detestamos lo nuevo” y que “escuchar es estar dispuesto a ver las maravillas del mundo”. “Una apertura hacia la verdad, sin importar las consecuencias, sin importar hacia dónde lo lleve a uno. Eso es fe. No creencia sino fe”.

En Bioneuroemoción sabemos que todos tenemos la misma fe, la diferencia es que unos la ponemos en una cosa y otros en otra. Para saber dónde ponemos nuestra fe es suficiente observar lo que nos sucede puesto que ponemos la fe en todo lo que ocurre en nuestra vida, de otra manera no ocurriría. Si prestáramos atención a ello, nos asombraríamos de la fe que tenemos. La oración no es rezar, la oración es escuchar.

Tenemos conflictos cuando deseamos que las cosas sean de diferente manera olvidando que el deseo nos ata al sufrimiento.  Debemos aprender a quedarnos quietos, a soltar el ansia de controlar lo que sucede a nuestro alrededor y descubrir que las cosas son como son con independencia de nuestra intervención. Quedarnos quietos es dejar de obstaculizar lo que la vida nos puede ofrecer, es tener fe. De esta manera, crearemos las condiciones para recordar que todos, absolutamente todos, no sólo pertenecemos a la misma fuente, sino que somos parte de la fuente.

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FUENTE: Enric Corbera Institute

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¿Cómo el mar puede cambiar tu cerebro?…

¿Alguna vez has sentido una paz increíble mientras caminabas a lo largo del mar, o quizá de repente has notado que tienes más energía y que tu estado de ánimo ha mejorado? Lo cierto es que la mayoría de las personas experimenta una agradable sensación de calma, relajación y bienestar cuando está cerca del agua. ¿Por qué? Los neurocientíficos piensan que la explicación radica en nuestro cerebro.

El mar ejerce un efecto maravilloso sobre nuestra mente

Básicamente, el efecto relajante del mar se debe a que le da una especie de vacaciones a nuestro cerebro de la sobreestimulación a la que nos exponemos continuamente. De hecho, vivimos en un entorno sobrecargado de estímulos, estos nos bombardean provocando una sobrestimulación que termina pasándonos factura ya que genera un estado de tensión constante que nos impide relajarnos.

Sin embargo, ver el mar y escuchar el sonido de las olas nos permite desconectarnos de ese entorno caótico, es como si creara una burbuja a nuestro alrededor. De hecho, el movimiento del mar y su inmensidad tienen un efecto casi hipnótico, el cual genera esa sensación de tranquilidad y bienestar que nos permite recargar energía.

– Induce un estado meditativo

El sonido de las olas del mar estimula un estado meditativo y potencia una actitud mindulness. De hecho, no es casualidad que este sonido se utilice a menudo en las sesiones de relajación pues se ha demostrado que genera cambios en las ondas cerebrales. Específicamente, promueve las ondas alfa, las cuales se han vinculado con un estado de atención sin esfuerzo. Estas ondas aparecen cuando estamos tranquilos y relajados pero también tan concentrados que todo a nuestro alrededor desaparece, incluso el tiempo. Curiosamente, estas ondas también promueven un estado de claridad mental y estimulan el pensamiento creativo.

– Estimula la creatividad

Cuando estamos cerca del mar, nuestro cerebro cambia su modo de funcionamiento, pasa del modo “ocupado” al modo “relajado”. Lo interesante es que en este modo se activa la red neural por defecto, que es precisamente la que se ha vinculado con el insight y la aparición de las ideas más originales y creativas. Lo que sucede es que el mar nos permite dejar de lado nuestras preocupaciones y hace que la zona prefontral de nuestro cerebro ceda el control, dejando que fluya libremente la creatividad. En este estado nos mostramos más abiertos a las experiencias y somos menos críticos.

– Genera un poderoso estado de asombro y admiración

No hay nada como contemplar la inmensidad del mar para experimentar esa sensación mezcla de asombro y admiración ante la inmensidad. En este sentido, psicólogos de la universidades de Stanford y Minnesota han descubierto que esta experiencia puede potenciar una profunda sensación de bienestar. Este tipo de experiencias “expansivas” nos obligan a cambiar nuestro esquema mental para poder procesar lo que estamos viviendo, de manera que se produce un cambio drástico en nuestra manera de pensar e incluso influye en la toma de decisiones, haciendo que pensemos más en los demás y seamos más generosos. También se ha demostrado que esas experiencias alteran nuestra percepción del tiempo, como si estuviéramos inmersos, literalmente, en una gran burbuja.

– Mejora el desempeño cognitivo

El entorno en el que nos desenvolvemos está cargado de iones, tanto negativos como positivos. Se ha descubierto que los iones positivos, como los que emiten la mayoría de los equipos electrónicos, drenan nuestra energía. Al contrario, los iones negativos, que son comunes en el mar, generan un estado de activación. De hecho, un estudio realizado en el Mount Carmel College de Bangalore desveló que los iones negativos tienen un efecto positivo en nuestro desempeño cognitivo. Estos psicólogos sometieron a los participantes a diferentes test de memoria, atención y toma de decisiones y apreciaron que su desempeño disminuía cuando la atmósfera estaba cargada de iones positivos y aumentaba cuando habían más iones negativos. Otro estudio realizado en la Universidad de California desveló que los iones negativos también estimulan la producción de serotonina en el cerebro, lo cual contribuye a que nos sintamos más relajados y a la vez llenos de energía.

FUENTE: Rincón de la Psicología

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Photo Credit: wang-lu via Compfight cc

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No lo digas a nadie…

Viaja y no lo digas a nadie.

Vive una verdadera historia de amor y no lo digas a nadie.

Vive feliz y no lo digas a nadie.

La gente arruina las cosas hermosas.

 Khalil Griban

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